Bucios de hueso
Bucios de hueso
Desengañémonos, pariente, porque no están los bucios para vender pescado por las calles ni las calles ya para la venta ambulante. Tampoco para oír el vaivén de las olas al pegar la oreja en su boca. Nos decían que así podíamos escuchar el sonido del lugar donde nacían las caracolas. Y que el mar seguía viviendo dentro de ellas incluso tierra bien adentro.
Me desengañé esta mañana cuando comprobé que tan sólo era una ilusión sonora. O un espejismo que se ve con las orejas. El caso es que todo sonido necesita un ruido de fondo. Lo terminé de entender en el cuarto de baño con la puerta cerrada: en una habitación sorda, la caracola enmudece.
La cocina terminó por romperme el hechizo. Si me acerco al oído una escudilla o una taza grande, será el zumbido de la nevera y el rumor del bajante los que me recuerden el mar de la loza. Es lamentable que el fregadero no sea tan poético como una playa de arena rubia y que la espuma del lavavajillas nada se parezca a la de sus olas.
Antes, el bucio era como un reloj. Cuando lo hacían sonar, nuestras madres sabían que el pescado acababa de llegar. No hacía falta mirar la hora. Bastaba con escuchar aquella llamada grave que entraba por las calles, rebotaba en las casas de enfrente y se colaba por las ventanas igual que el olor a sal.
Ahora ya no se escuchan. No porque se rompieran, sino porque desapareció aquello que anunciaban. Las neveras empezaron a llenarse los sábados. Llegaron los supermercados, los hipermercados y los centros comerciales. El pescado dejó de tener voz para conformarse con una etiqueta de precio. Y el bucio, como un arrecife colonizado por el coral, acabó llenándose del zumbido de los congeladores, el pitido de las cajas registradoras y el rumor de las escaleras automáticas.
Pienso que algún día muy lejano, pariente, nuestras calaveras también serán caracolas de hueso. En las de los viejos marineros todavía resonará el mar. En las nuestras se escucharán los versos compuestos por los pasos de quienes fuimos, las voces de nuestras madres llamándonos a comer y los bucios pregonando pescado.
Seguramente no hayamos perdido el mar. Hemos cambiado de banda sonora.
Eduardo González

Muy bueno
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