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Escribir para desaparecer

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  Escribir para desaparecer   Juntaba las palabras con la misma desesperación de quien corre bajo una tormenta de la que no puede escapar. Llegaba a casa empapado de ellas. Allí, sentado en la mesa de la cocina, intentaba formar frases tachándolas, borrándolas o cambiándolas por otras que, aunque no dijesen lo mismo, contaban lo de siempre. Así, un texto que pretendía narrar una historia de amor —con verbos que acariciaban, adjetivos apasionados y juramentos eternos— terminaba convertido en la escena de un crimen, salpicada de tinta y sangre a doble página. O como uno de sus poemas sin pies, cabeza ni alma, escrito por nadie para nadie, era recitado por una voz pegajosa desde una emisora de radio que esos mismos nadies sintonizaban. Le pasaba con las palabras lo que a muchas personas con los sueños: que empezaban siendo suyos y acababan en manos desconocidas. A veces pensaba que escribía para decir nada, para esconderse en los márgenes o desaparecer en los espacios entre pá...

CondeCabra

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Condecabra  Ella alza la cara como quien escucha una voz que viene de muy atrás, quizá de un barranco o quizá de una copla aprendida sin saber cuándo ni cómo. No mira al conde ni a su armadura: mira por encima, hacia ese lugar donde se decide lo que una mujer puede y no puede querer. La ley manda, dicen. Pero también manda el pulso que le tiembla en una vena del cuello, en ese latido que en ningún papel viejo nunca se haya escrito. El Conde de Cabra aparece reducido a casco, a metal hueco, a un nombre que pesa más de lo que abraza. Huele a humo desgastado, a historia impuesta, a promesa sin labios. No hay rostro ahí dentro, solo un eco sordo con orejas de a cuatro patas y cornamenta de animal mal herido. La verdadera voz está en otra parte: en la piel tensada de un tambor, en ese aro que rodea su garganta y parece a la vez adorno y cerco. Cada trozo de cuerda sujeta algo: la honra, el qué dirán, la obediencia debida. Pero basta un golpe —uno solo— para que todo empiece a sona...

Pesar menos que el miedo

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  Pesar menos que el miedo El pañuelo rojo al cuello no era para lucirlo sino para aguantar. No era adorno sino desvío: para que lo malo mirase para otra parte mientras el chiquillo dormía. Rojo y bien visible para despistar a la mala leche de quienes, si acaso, tan sólo le permitían decir encarnado al color. Y mientras con un brazo sostenía a la criatura —que dormía ajena porque todavía no sabía que el mundo entraba sin llamar—, con el otro se sostenía a sí misma. No hay descanso en su cara porque cuidar cansa. Decían las abuelas que el quebranto entra en el cuerpo cuando una se descuida. También cuando el cansancio se vuelve costumbre. Tal vez porque no hace ruido. O porque se pega. Por eso el amarre rojo al cuello —hasta en el de las cabras— y el gesto aprendido, como la superstición heredada que no se discute porque no hay tiempo. O por sí acaso. Primero se protege y luego ya veremos. Su padre decía que eso del mal de ojo no era cosa del diablo. Que el diablo ya camina...

Encendamos la dignidad

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Encendamos la dignidad Empieza el año y, como siempre, nos apresuramos a celebrarlo como si arrancar una hoja del almanaque tuviera la capacidad de corregir lo que no hemos querido mirar durante meses. Encendemos luces, decoramos árboles, colgamos muñecos en los balcones y llamamos a todo eso ilusión, como si la alegría pudiera sostenerse a base de bombillas y exageradas mentiras de plástico. Mientras tanto, a pocos metros de esas mismas luces, hay quienes siguen esperando por respuestas que no brillan y soluciones para problemas que no admiten adorno alguno. Empieza el año y, como siempre, hay trabajo que no llega o que llega roto, con horarios imposibles y sueldos que no alcanzan ni para sostener la dignidad. Hay manos dispuestas y cuerpos cansados esperando una oportunidad que siempre se aplaza. Hay hospitales llenos de pasillos y pasillos llenos de silencios. Listas de espera que se alargan y profesionales reventados sosteniendo lo público con unas ganas que ya no sabemos de dó...

Sin banco

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  Sin banco Se apoya en la esquina porque el pueblo que ciudad se quiere no tiene bancos para ella. No los diseñó pensando en cuerpos como el suyo, doblados por los años y por trabajos que no figuran en ninguna estadística. Tampoco tiene tiempo ni palabras para quienes aprendieron a esperar cuando esperar todavía servía para algo. La pared hace de su último respaldo público. Nadie la echó de allí pero tampoco nadie la invitó a sentarse en otro sitio. La expulsión moderna funciona así, sin empujones ni gritos, a base de ausencia. Sus manos entrelazadas sostienen décadas de trabajo invisible. No tiemblan por fragilidad, sino por memoria acumulada. En ellas se conservan los días de cocina sin horario, los cuerpos cuidados sin sueldo, las camas hechas de sudores ajenos y las vidas de otros sostenidas mientras la suya se quedaba en el olvido. Nadie le pidió recibos y nadie le devolvió derechos. No hubo contrato alguno pero sí obligaciones. No hubo salario pero sí cansancio. Ahora ...

Cuando se apaguen las luces

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  Cuando se apaguen las luces Inclina la cabeza hacia delante porque así ha trabajado siempre: cerca del suelo, cerca de lo que pasa y pesa, de aquello que a otros les ha pesado demasiado como para dedicarle su precioso tiempo. Sus manos hacen gestos que ya no aparecen en los manuales ni en los prospectos de medicinas. Ni siquiera en las campañas navideñas que nos prometen felicidad sin mencionar de dónde viene, cuáles son sus componentes o el índice de calorías que quemarán nuestros bolsillos. Cada movimiento de sus dedos es una corrección mínima al relato oficial que insiste en que esto ya no sirve, que no es rentable, que no sale a cuenta ni sabe a cuento. El olvido no nos llega de golpe; llega como esta luz escasa y lateral que, entrando por la puerta, ilumina lo justo para que el oficio sobreviva sin ser visto. Nadie vino a apagarlo: bastó con dejar de mirarlo. Así se desmantelan, rápidamente, las cosas importantes, sin ruido, sin responsables, sin titulares. Porque todo...

Patrimonio con consentimiento

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  Patrimonio con consentimiento No se puede decir que fuera un pueblo de casas bajas vestidas de blanco porque dinero no había para cal ni tiempo para andar con una escoba en la mano albeando paredes. Nació en gris piedra y gris continuó en bloques de picón y cemento. Gris también las ropas de quienes lo habitaban y gris el negro cuando el tiempo lo desgastaba. Pocas las alegrías y poco duraban cuando aparecían. Y aún poco, muchos años después, siguen durando, como si de una herencia transmitida se tratara al poco tiempo que siempre se les permitió para ella. Porque al paciente trabajo de sus gentes nunca le faltaron quienes estuvieran dispuestos a robarles la que les brotaba por cosas tan simples como llegar a sus casas en busca de un jarro de agua fresca de la talla. A sus hijos se les siguió robando la risa sencilla de las cosas sencillas. Y si conseguían algo por su cuenta y riesgo, se les convencía de que el mérito no ha sido suyo; que había que ofrendárselo a otros que ...