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El Juego del Garrote Canario: lo que significa ser Bien de Interés Cultural Inmaterial

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  El Juego del Garrote Canario: lo que significa ser Bien de Interés Cultural Inmaterial La noticia de que el Juego del Garrote Tradicional Canario ha sido declarado Bien de Interés Cultural Inmaterial ha despertado una alegría colectiva. No es para menos: detrás de ese reconocimiento hay décadas de trabajo silencioso de maestros, jóvenes y comunidades que mantuvieron viva una práctica profundamente ligada a la identidad del Archipiélago. También el esfuerzo reciente de quienes impulsaron el expediente que hizo posible este logro por parte del Gobierno de Canarias. Permítase aquí un gesto de reconocimiento hacia la persona que firmaba tal petición; aunque, como portavoz, representaba a muchas otras, su implicación desde principio a fin fue decisiva. Pero junto a la celebración surgen también preguntas necesarias: ¿qué significa exactamente que algo sea declarado Bien de Interés Cultural Inmaterial? ¿Qué protege esa declaración? ¿Qué compromisos conlleva? La figura de Bi...

Ídolo de Tirajana

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  Ídolo de Tirajana El Ayuntamiento de Santa Lucía de Tirajana ha tenido a bien conceder a La Revoliá, en el apartado de Identidad, el Ídolo de Tirajana. Con él se distingue a personas y colectivos que fortalecen la vida cultural y social del municipio. Se trata de la más alta distinción colectiva que puede otorgar este Ayuntamiento: un reconocimiento destinado a quienes, desde la acción y la memoria compartida, contribuyen “al fomento y difusión de las tradiciones, costumbres, creencias e historia del pueblo canario”, tal y como se apunta en su Reglamento de Honores y Distinciones. Y convendría interpretar este reconocimiento como algo más allá de lo meramente simbólico. Esto ha de ser así puesto que la identidad no se define sólo por su presente. La definen, además, los hilos de la memoria, la práctica y la comunidad que tejieron quienes nos precedieron. La Revoliá ha sabido situarse justo ahí: en ese espacio donde las tradiciones dejan de ser recuerdo para convertirse en...

Defensa preventiva contra el ruido

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  Defensa preventiva contra el ruido La canasta, con su esqueleto metálico y el tablero de chapa desgastado, apareció un día en el parque, como si nadie recordara de dónde venía ni a quién perteneció. Antes había estado abandonada en un colegio público y sus días de gloria durante las clases de gimnasia se habían reducido a ecos de rebotes que resonaban en patios vacíos. Allí, en el parque, su uso se volvió más público, más caótico: un refugio de tardes interminables donde los jóvenes medían sus habilidades y su puntería, ajenos a los horarios, a las fechas y a las reglas del mundo adulto. El parque, con los muros de los parterres erosionados y los bancos que crujían bajo el peso de las parejas de enamorados, cambió su forma de respirar. Los árboles parecían inclinarse hacia la canasta, testigos silenciosos de las competiciones improvisadas, de las risas que estallaban mezclándose con el aire alegre de la tarde. Cada tiro era un desafío; cada punto, una victoria efímera celeb...

El mural de noviembre

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  El mural de noviembre A finales de los años sesenta, Vecindario —entendido no tanto como un lugar concreto, sino como un concepto en formación, una forma de estar y convivir— atravesaba un proceso de transformación profundo. La zona, hasta entonces predominantemente agrícola, comenzó a diversificarse. La construcción, el comercio y la hostelería impulsaron un crecimiento demográfico acelerado, modificando las dinámicas sociales y la propia fisonomía del lugar. Donde antes sólo soplaba el viento comenzaron a levantarse calles, casas y vidas. Ese crecimiento rápido se reflejó en la aparición de nuevos barrios y edificaciones, configurándose un paisaje arquitectónico y social diverso, complejo, seguramente falto de un manual de instrucciones y que aún, hoy día, define a la localidad. En ese contexto, Vecindario se convirtió en un espacio de encuentro entre distintos colectivos. Por un lado, los habitantes de siempre —con sus costumbres, sus manos curtidas por el sol y la sal d...

Once horas para adelante

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  Once horas para adelante Me decía mi padre que los relojes se estropean si uno los hace andar al revés. Que por algo las agujas giran como giran, que no es por capricho de nadie sino porque así se sostiene el mundo, o al menos el nuestro. Decía que si se forzaba el paso contrario, la cuerda acababa partiéndose y luego no había mano maestra capaz de recomponer los dientes de la rueda. Yo lo escuchaba sin entender del todo, pero ahora que la cuerda soy yo, lo entiendo mejor de lo que quisiera. Escribo con su reloj de bolsillo en la mano, el mismo que parece que solo funciona cuando lo miro, como si necesitara un testigo para avanzar. Estoy pensando cómo decir que le doy para delante once horas, para adecuarlo al tiempo que hoy empezamos a medir. Y no lo hago por sabiduría ni por modernidad, sino por esa manía cogida mía de creer que para atrás nunca. Nunca para atrás , repetía mi padre, como quien lanza un conjuro contra algo que no se nombraba, como si aquello —lo que no de...

Borrasca Herminia

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  Borrasca Herminia Desnudas fueron siempre las manos de mi abuela. Desnudas desde que amanecían hasta la hora en la que, con dos dedos, apagaban las velas por todas las dependencias de la cuartería que aspiraba a ser casa. Acostumbrados a los hierros calientes con los que planchaba, parecían no quemarse. A veces se los mojaba con los labios, por costumbre más que por lo caliente que iban a tocar. Siempre creí que se los acariciaba con el mismo beso que, imitándola, nos enseñaba darle a un trozo de pan caído al suelo. También creí durante mucho tiempo que sus labios eran un termómetro: media la fiebre con ellos dejándolos un rato pegados a nuestra frente. Desde muy pequeño entendí que había una estrecha relación entre su boca y sus manos. Con unas callaba a la primera y con la otra, en silencio, dejaba decir a las segundas. Recuerdo que con éstas le hablaba a la barriga de mi abuelo. Para ello echaba un chorrito de aceite sobre su estómago y se lo restregaba lentamente. El ...

El alma humeante de Cho Cristóbal

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  El alma humeante de Cho Cristóbal Nos contaba la memoria de Manolito Guedes —ratificada por legajos hallados en los archivos de la ermita de San Nicolás de Bari, en Sardina del Sur— que Cho Cristóbal Guedes Torres vio la luz por primera vez en Cueva Blanca. Fue allá por los albores de 1848, cuando el siglo aún olía a cebada tostada y a lana recién trasquilada. Hijo de pastores que también gustaban de sembrar, aprendió de ellos a leer la tierra por el tacto y a oler la lluvia antes de que llegara. En los inviernos, cuando las cumbres se helaban, bajaba con el ganado por las veredas de Los Guaniles, atravesando las Vueltas de Adeje y el fondo del barranco de Tirajana hasta alcanzar Amurga, donde el pasto nacía entre las piedras y la sed del sur que besaba las aguas del Atlántico. Su juventud transcurrió entre mudás y sementeras, y en ese ir y venir aprendió que todo lo que se cuida —la piel, la leche, la palabra— necesita tiempo y sombra, como el cuero que se curte lentamente pa...