Café sostenible
Café sostenible
Durante mucho tiempo debimos de estar haciéndolo todo mal. Plantábamos las semillas en la tierra, esperábamos a que lloviera, confiábamos en el sol y, con una paciencia difícilmente compatible con nuestros actuales ritmos de vida, aguardábamos varios años hasta que aquello empezara a producir algo.
Menos mal que hemos avanzado. Ahora tenemos la capacidad de meter la semilla directamente en una taza, colocarla debajo de una cafetera y esperar los resultados al instante. Es un procedimiento considerablemente más cómodo, puesto que no es necesario disponer de una finca, conocer las lluvias ni distinguir una tierra fértil de otra que no lo sea. Tampoco hace falta madrugar, agacharse, ensuciarse las manos o esperar estaciones: nos basta con pulsar un botón.
La naturaleza, convenientemente organizada, debería comprenderlo. Resulta mucho más tranquilizador ver esas dos pequeñas hojas creciendo sobre el café, porque significa que finalmente hemos conseguido adaptar las plantas a nosotros y no nosotros a ellas. Era cuestión de tiempo que alcanzáramos este grado de evolución. Durante miles de años cometimos el error de acomodar nuestra vida a los ciclos naturales, cuando lo razonable habría sido pedirles a los ciclos naturales que se ajustaran a nuestro horario. Porque una planta que tarde varios años en dar frutos constituye, visto desde criterios empresariales, un evidente problema de productividad.
Además, la tierra tiene demasiados inconvenientes: mancha, está llena de insectos, necesita agua, ocupa una cantidad escandalosa de espacio y presenta la desagradable costumbre de agotarse cuando se le exige demasiado. Una taza, en cambio, puede sostenerse perfectamente sobre una cuchara y ambas pueden introducirse juntas en el lavavajillas.
No sabemos todavía cuánto tardará esta nueva variedad de café doméstico en producir su primera cosecha. No deberían ser más de diez minutos; quince como mucho. Después habrá que conseguir que dé frutos sin hojas, porque las hojas no nos sirven para nada y ocupan sitio. Y seguramente prescindiremos también del tronco, de las ramas y, si la investigación continúa avanzando al ritmo esperado, probablemente del árbol entero. Todo ello, naturalmente, sin perder de vista la sostenibilidad: troncos, ramas y hojas acabarían generando una cantidad de residuos difícilmente justificable.
Entonces habremos alcanzado la perfección. Una taza de café que produzca café. Y podremos sentarnos tranquilamente a beberla mientras contemplamos, satisfechos, todo el espacio que hemos conseguido ahorrar eliminando el bosque.
Y, de paso, los incendios.
Eduardo González

! Que locura como va la cosa.La tierra siempre la Tierra.Saludos.Muy acertado comentario.Felicidades.
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