Caramba con las películas
Caramba con las películas
Muchas veces he escuchado decir que las cucañas recordaban a las tiendas de los indios. Quienes las veían levantadas sobre el terreno, unas junto a otras, encontraban enseguida un parecido con aquellos poblados que habían conocido en las películas de pistoleros: estructuras triangulares terminadas en punta, abiertas por delante y dispuestas sobre un espacio casi siempre desnudo. A mí, sin embargo, esa comparación me costó muchos años entenderla.
Por mi condición de nacimiento y crianza, las cucañas formaron parte del paisaje natural que vieron mis ojos desde niño. Estaban allí como estaban los tomateros, las acequias, los majanos de piedras o las personas que iban y venían por los caminos. Para mí no necesitaban parecerse a ninguna otra cosa porque tenían nombre propio. Nunca vi en ellas las tiendas de aquellos a quienes las películas convirtieron tantas veces en blancos del general Custer. Para reconocer aquel parecido habría necesitado conocer primero el otro término de la comparación, y el cine o no sabía todavía lo que era o me quedaba muy lejos. Tampoco, qué carajo, teníamos televisor en las cuarterías.
Ya de más grande llegaron a mí aquellas imágenes del Oeste: los caballos, las caravanas, los poblados indios, las tiendas agrupadas sobre una llanura. Entonces comprendí lo que tantas veces había escuchado. Sí, vistas desde fuera y a cierta distancia, podía existir algún parecido. Pero para entonces yo sabía también que una semejanza puede explicar una forma y al mismo tiempo ocultar casi todo lo que hay dentro de ella.
Quienes comparaban las cucañas con aquellas tiendas estaban mirando su silueta. Yo, en cambio, sabía lo que ocurría bajo los jaces de jorcones y cañas. Sabía que alguien podía entrar buscando un poco de sombra después de horas de sol y terreguero, quitarse el sombrero, tumbarse directamente sobre el suelo y dejar que el cuerpo encontrara durante un rato una postura en la que doliera menos. Allí se descansaba, se hablaba, se comía algo o simplemente se cerraban los ojos unos minutos antes de volver a los sueños fatigados de la tierra. Desde fuera se veía una construcción rudimentaria; desde dentro, aquel pequeño espacio podía convertirse durante un rato en todo lo que una persona necesitaba.
Tal vez por eso todavía hoy me cuesta mirar una cucaña y pensar primero en los indios de las películas. Mi memoria se adelanta al cine. Antes de que aparezca John Wayne cabalgando por alguna llanura de un Oeste en el que nunca he estado, aparecen las personas que sí conocí, sus cuerpos cansados, los sombreros sombreando los rostros, la tierra pegada a la ropa y aquella oscuridad agradecida que comenzaba apenas se atravesaba la entrada.
Con los años he terminado comprendiendo también que las cosas cambian mucho dependiendo del lugar desde donde se miren. Para algunos, las cucañas podían resultar curiosas, pintorescas e incluso exóticas porque les recordaban un mundo visto en una pantalla. Para nosotros no tenían nada de exótico. Formaban parte de un mundo que no necesitábamos imaginar porque vivíamos dentro de él.
Cuando dibujé esta cucaña, quise dejar abierta la entrada. Porque dentro de aquellas cañas colocadas unas contra otras hubo algo que desde fuera no siempre podía verse: una persona descansando, un cuerpo rendido después del trabajo y unos minutos de sombra en mitad de una película demasiado larga.
Eduardo González

Comentarios
Publicar un comentario