El árbol que llevó el agua
El árbol que llevó el agua
Antes de servir para llevar agua, el canal fue árbol. Durante años —durante muchos años— un pino creció en algún lugar de la isla sin saber que, después de haber hundido sus raíces en la tierra y soportado veranos, lluvias y vientos, parte de su tronco terminaría suspendido sobre un barranco. Unas manos lo cortaron, lo convirtieron en una larga viga y vaciaron pacientemente su interior hasta hacer de ella un canal, abriendo en la madera un hueco que acabaría siendo precisamente lo necesario.
El agua tenía que llegar de una orilla a la otra, aunque entre ambas se abriera una interrupción del terreno por la que ninguna acequia podía continuar. Quienes dependían de aquel cauce no podían aceptar la geografía como una sentencia y colocaron el pino atravesando el vacío, dejándola correr por sus propias ganas.
No nos fue difícil detenernos ante la sencillez de aquella solución. Un árbol convertido en cauce, una viga convertida en puente y el agua —de la que solo quedan las piedras que arrastró— avanzando por el corazón vaciado de una madera que durante toda su vida había hecho justamente lo contrario: beberla desde la tierra para crecer hacia arriba. Y ahora, tendido entre las dos paredes del barranco, se ocupaba de llevarla de un lado al otro.
Quizá por eso la fotografía contiene algo más que una antigua obra hidráulica. Dos hombres permanecen a ambos lados y, entre ellos, aquella pieza de madera parece unirlos sin que ninguno necesite atravesarla. Saben perfectamente que ese pequeño puente nunca fue construido para que pasaran las personas.
Acaso ahí se encuentre una de esas pequeñas inteligencias que permanecen escondidas en el paisaje, en la manera en que durante siglos vivir en una isla de barrancos obligó a comprender que no siempre era posible acercar la tierra hasta aquello que necesitaba. Cuando la geografía lo impedía, había que hacer exactamente lo contrario: encontrar la manera de llevar hasta ella lo que le faltaba.
Para conseguirlo hubo que derribar un árbol y vaciar parte de su cuerpo, tenderlo sobre el vacío y confiarle aquel discurrir. Dejó de tener raíces, dejó de crecer y dejó de levantar sus ramas hacia el cielo, pero de alguna manera aquel pino continuó haciendo lo que había hecho mientras estuvo vivo: llevar agua para que la vida pudiera continuar.
Eduardo González

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