Había una vez un barquito chiquitito


 Había una vez un barquito chiquitito

Había una vez un barquito chiquitito que no sabía navegar. O eso decía la canción que nos enseñaron de pequeños, repitiéndonos una y otra vez esa experiencia marítima hasta llegar al momento en que, después de seis semanas sin saber qué hacer con el agua que tenía debajo, conseguía hacerse a la mar.

El de esta imagen también es pequeño y parece hecho para una canción infantil: un barquito doblado en una hoja, confiando su suerte a la fragilidad del papel frente al mar. Aunque después, quizá consciente de lo poco que puede durar el papel cuando se moja, un dibujante tuvo la precaución de colocarle alrededor un salvavidas. Y es precisamente ahí donde la imagen empieza a contar algo distinto, porque el salvavidas puede conseguir que el barquito permanezca a flote, impedir durante algún tiempo que desaparezca bajo el agua, sostenerlo entre las olas y proteger incluso su frágil estructura, pero no puede hacerlo navegar ni darle un rumbo. Para eso harían falta otras cosas: viento, unas velas capaces de hincharse con él, alguna forma de gobernar la embarcación y, sobre todo, un lugar hacia el que querer dirigirse.

Quizá también nosotros hacemos algo parecido con algunas de las cosas que construimos. Las hacemos con nuestras propias manos, doblando cuidadosamente el papel de los primeros entusiasmos, y las echamos al agua convencidos de que podrán llevarnos lejos. Durante un tiempo navegan porque hay viento, ganas y personas mirando hacia un horizonte más o menos compartido, y mientras todo eso ocurre apenas pensamos en los salvavidas. Estos empiezan a parecernos necesarios cuando llegan las dificultades y comenzamos a rodear la embarcación de costumbres, nombres, cargos, reglamentos, aniversarios, explicaciones y todo aquello que pueda servir para mantenerla unos centímetros por encima del agua. Nos tranquiliza comprobar que continúa allí, poder señalarla desde la orilla y decir que todavía existe, e incluso convencernos de que, puesto que no se ha hundido, continúa navegando.

Pero un salvavidas solo sirve para no hundirse; no decide hacia dónde vamos. Tal vez por eso, antes de colocar otro alrededor de nuestro barquito, convendría preguntarnos qué ha sucedido, porque este no es aquel que todavía no sabía navegar. Este ya aprendió. Tuvo viento, desplegó sus velas, encontró un rumbo y durante mucho tiempo fue capaz de mantenerse en él. Precisamente por haber navegado alguna vez, quizá resulte más difícil reconocer el momento en que dejamos de hacerlo.

En la canción hicieron falta unas cuantas semanas para que aquel barquito aprendiera a navegar. Tal vez nosotros necesitemos bastante más tiempo para aprender otra cosa: reconocer cuándo seguimos navegando y cuándo únicamente estamos intentando mantener a flote aquello que un día sí supo hacerlo. Porque el papel mojado puede acabar deshaciéndose, pero también puede ocurrir algo más triste: que queramos conservar intacto el barquito y que, ocupados en evitar su naufragio, olvidemos que lo habíamos construido para navegar.

para hierbolario.blogspot.com

Eduardo González 


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