Jarea
Jarea
Hace algún tiempo, durante una muestra pública, pedimos a los presentes que sacaran sus teléfonos móviles y buscaran, en la página de la Real Academia Española, una palabra: jarea. Esperamos unos segundos mientras hacían la búsqueda en sus pantallas para terminar confirmando su ausencia. Después les pedimos otra búsqueda: reguetón. Esta vez sí hubo suerte.
La comparación podía prestarse fácilmente a la broma aunque no pretendíamos discutir si reguetón merecía estar allí ni convertir un diccionario en una especie de frontera —demasiadas y muy inútiles tenemos ya— donde unas palabras tienen más derecho que otras a entrar. Las palabras llegan a los diccionarios porque se usan, se extienden y terminan formando parte de la lengua de quienes las pronuncian. Nuestro interés estaba precisamente en el otro lado: qué ocurre con aquellas otras todavía utilizadas para nombrar cosas, costumbres y maneras de hacer cada vez menos frecuentes.
Llevamos algunas jareas ya preparadas y también un par de piezas de pescado fresco para mostrar todo el proceso. Había que limpiar el pescado, abrirlo, salarlo y disponerlo de manera adecuada para colgarlo y dejar que el sol y el aire hicieran el resto. Durante mucho tiempo conservar los alimentos consistió también en aprender a entenderse con el lugar donde se vivía. Allí donde había sol se secaba; donde había frío se aprovechaba el frío; la sal prolongaba la vida del pescado. Estaría bien recordar que antes de fabricar invierno dentro de una caja blanca instalada en la cocina hubo que observar el cielo, conocer los vientos y aprender cuánto tiempo podía permanecer un alimento al aire sin echarse a perder. Todo ese conocimiento necesitaba palabras porque estas no viven únicamente dentro de los diccionarios. Viven antes fuera de ellos: en las cocinas, en los muelles, en las azoteas, en los campos y en las conversaciones. Pasan de unas personas a otras junto con aquello que nombran y muchas veces aprendemos ambas cosas al mismo tiempo. Alguien nos enseña qué es una jarea mientras nos muestra una. La palabra y la cosa llegan juntas.
Cuando desaparece una manera de hacer algo no se pierde únicamente la práctica: las palabras comienzan también a quedarse sin sitio. Primero dejan de pronunciarlas los más jóvenes, después necesitan una explicación cuando alguien las utiliza y finalmente pueden acabar convertidas en esas voces todavía reconocibles para una generación y que otras escuchan como extranjeras en su tierra.
Aquel día ocurrió algo no previsto. Cuando terminamos nuestra exposición, algunas personas mayores se acercaron a las jareas y nos preguntaron si podían comprarlas. Nos dijeron que ya no las conseguían. Naturalmente, se las regalamos. Es ahora cuando uno comprende que quizá esa pequeña escena explicaba mejor todo lo que habíamos intentado contar aquella mañana. Esas personas no necesitaban sacar ningún teléfono para preguntarle a Mr. Google qué era una jarea. La habían reconocido nada más verla. La palabra no estaba en sus pantallas, pero continuaba perfectamente viva en su habla; lo difícil empezaba a ser encontrar el pescado seco para comerlo.
No sé si la ausencia de jarea en un diccionario general debería preocuparnos demasiado. Hay otros diccionarios, vocabularios y trabajos dedicados a recoger las palabras propias de un territorio porque ninguno puede contener todo cuanto una comunidad ha necesitado nombrar a lo largo de su historia. Me preocuparía bastante más llegar un día a pronunciar la palabra y descubrir que ya nadie sabe de qué estamos hablando. Porque entonces podríamos conservar perfectamente sus cinco letras y haber perdido aquello que las mantenía juntas.
Ahí siguen estas jareas colgadas al sol de la fotografía. Permanecen abiertas, sostenidas por unas trabas de madera mientras el aire circula entre ellas. Hay una extraordinaria sencillez en todo ello y seguramente aquella mañana no fuimos únicamente a mostrar cómo se jareaba un pescado. Sin saberlo, estábamos intentando jarear también una palabra. Porque jarear no consiste solamente en guardar algo para impedir que se pierda. Hay que abrirlo, salarlo, exponerlo, dejar pasar el aire y concederle el tiempo necesario para durar. Quizá con algunas palabras y algunos recuerdos ocurra algo parecido: hay que sacarlos fuera, airearlos entre las personas y permitirles continuar formando parte de la vida.
Fue exactamente lo ocurrido: habíamos llevado unas jareas para hablar de una palabra ausente del diccionario y terminamos regalándolas. El sol y el aire habían conservado el pescado. Las personas habían conservado la palabra. Y por un momento, unas y otras volvieron a encontrarse.
Eduardo González

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