Las cosas que terminan agarrándonos


 Las cosas que terminan agarrándonos


Se pregunta uno si, en un desesperado intento por no olvidar qué somos y quiénes somos, nos agarramos a las cosas para encontrarnos en ellas. Ningún barco sale al mar pensando —sabiendo que los barcos no piensan— en perder el timón. Tampoco un candil imagina —¿serán capaces de imaginar los candiles?— que un día dejará de iluminar cubiertas para balancearse, apagado, entre los brazos de un animal que aprendió a navegar bajo el agua, entre la oscuridad de un mar entintado por su propio puño y letra. Ni el ancla sospecha —¿soñarán anclas y potalas con jubilarse agarradas a arenas y arrecifes?— que terminará colgando en el vacío sin tocar jamás el fondo.

Demasiadas veces creemos que somos nosotros quienes poseemos las cosas. Decimos mi casa, mi oficio, mis libros, mis recuerdos, mis ideas. Las nombramos como quien coloca una etiqueta convencido de que basta pronunciar un «mi» para convertirse en dueño de algo.

El tiempo tiene la extraña manía de invertir las frases. Hay cosas que terminan sujetándonos con mucha más fuerza de la que nosotros las sujetamos a ellas. Un cargo del que ya no se sabe salir ni siquiera transfugándonos. Una manera de pensar que dejó de explicarnos el mundo y que, aun así, seguimos defendiendo. Una costumbre que empezó haciéndonos la vida más sencilla y terminó impidiéndonos imaginar otra manera de vivir. Un miedo que nació para protegernos del peligro y acabó convenciéndonos de que cualquier cambio era una amenaza. Un nombre que un día nos permitió saber quiénes éramos y encontrar nuestro lugar entre los demás. Un nombre que fuimos pronunciando con orgullo hasta terminar confundiéndolo con nosotros mismos. Entonces dejó de ser una forma de reconocernos para convertirse en una obligación. Y comenzamos a dejar de usar las cosas para empezar a obedecerlas.

Poco a poco todo empieza a cerrarse —y a encerrarnos— sobre nosotros. Lo que antes servía para avanzar comienza a inmovilizarnos. El timón deja de gobernar el rumbo. El candil deja de alumbrar. Incluso el ancla olvida que no fue creada para permanecer eternamente suspendida de un cabo o tatuada en el brazo de un soldadito marinero.

Lo curioso es que casi nunca todo esto ocurre de golpe. Sucede despacio. Con la lentitud con la que el pulpo envuelve una roca hasta que ya no sabemos dónde termina la piedra y dónde empieza el animal. Tal vez la libertad no consista únicamente en aprender a sujetar las cosas, sino en advertir el momento en que empiezan a sujetarnos ellas. Porque entonces ya no distinguimos dónde terminamos nosotros y dónde empieza aquello a lo que nos aferramos. Y porque hay amarres que acaban siendo más peligrosos que el propio mar.

para hierbolario.blogspot.com

Eduardo González 


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