Sin fondo


 Sin fondo

La cesta de pírgano del dibujo tiene una ventaja sobre nosotros: sabe cuándo está llena. Se pueden colocar unas caballas sobre otras, aprovechar los huecos, ordenar mejor lo recogido e intentar todavía que quepa alguna más, pero llega un momento en que no será posible. La propia cesta, por miedo a romperse, lo dice claramente: esto es lo que podemos llevar.

La mujer de la imagen parece haberlo comprendido. Su cesta está llena y la sostiene con ambas manos, apoyándola contra el cuerpo inclinado. No sabemos cuánto tiempo necesitó para llenarla ni qué hará después con todo ese pescado. Tampoco importa demasiado. Basta observarla para comprender que la tarea tiene un final. Cuando se llena, pues ya está llena. Y a partir de ese momento habrá que hacer algo con lo recogido: llevarlo a casa, venderlo, repartirlo, cocinarlo, conservarlo en escabeche o jarearlo para cuando la marea nos dé un susto. El límite de la cesta obliga a que las cosas continúen su camino.

Durante mucho tiempo vivimos rodeados de límites parecidos. El tamaño de una despensa, de un ropero, de una repisa o de una cesta nos decía cuánto podía guardarse. Incluso nuestros bolsillos parecían saber lo que podíamos llevar encima, llenándose de agujeros si las monedas pesaban más de lo que necesitaríamos para ese día. Las cosas ocupaban un espacio y ese espacio terminaba por acabarse. Para guardar algo nuevo había que gastar lo anterior, regalarlo, desprenderse de ello o decidir, sencillamente, que no hacía falta. El límite nos obligaba a elegir y, aunque entonces seguramente no lo supiéramos, elegir era también una manera de preguntarnos qué necesitábamos conservar.

Después comenzamos a fabricar recipientes cada vez mayores. Construimos almacenes inmensos, armarios empotrados, altillos y cajones debajo de las camas que terminaron ocupando hasta el lugar donde antes dejábamos la vasinilla. Hicimos neveras capaces de guardar alimentos durante tanto tiempo que a veces olvidamos que están dentro y dispositivos donde caben miles de fotografías que probablemente nunca volveremos a mirar. Finalmente inventamos un lugar sin paredes ni techo al que llamamos nube y confiamos a ella una parte cada vez mayor de nuestra memoria, como si todo pudiera conservarse indefinidamente con tal de encontrar dónde ponerlo.

Disponer de más espacio no parece habernos enseñado a necesitar menos. Quizá haya ocurrido justamente lo contrario. Cuando el límite comenzó a alejarse también desapareció aquella pequeña obligación de decidir. Ya no necesitamos preguntarnos con tanta frecuencia qué merece quedarse y qué podemos dejar marchar porque casi siempre encontramos otro lugar donde guardarlo. Y así hemos ido acumulando cosas, fotografías, documentos, mensajes, recuerdos y quién sabe cuántas otras formas de nosotros mismos, no siempre porque vayamos a necesitarlas algún día, sino porque conservarlas resulta más fácil que decidir qué hacer con ellas.

Será por eso que hay algo extrañamente tranquilizador en esta mujer abrazada a su cesta. No porque debamos añorar el tiempo al que pertenece ni porque exista virtud alguna en disponer de poco. Lo que atrae es otra cosa: carga con una medida. Puede verla, tocarla y sostenerla sobre la cintura. Sabe exactamente dónde empieza y dónde termina. Y cuando ya no cabe una caballa más, no necesita preguntarse dónde encontrará otro sitio para guardarla. 

Nosotros, en cambio, llevamos mucho tiempo intentando que nuestras cestas sean cada vez más grandes. Posiblemente porque nos cuesta aceptar que todo recipiente debería terminar en algún lugar y que todo lo que guardamos ocupa, además de un espacio, una parte de nuestra atención, de nuestro tiempo y hasta de nuestra memoria. Hemos confundido durante demasiado tiempo la posibilidad de conservar con la necesidad de hacerlo. Y tal vez el problema nunca haya sido que nuestras cestas se nos quedaran pequeñas, sino que un mal día las consigamos fabricar sin fondo.

para hierbolario.blogspot.com

Eduardo González 











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