Todo al rojo
Todo al rojo.
En esta imagen vemos a una mujer, una palangana, un banco y una gota de sangre. Probablemente nos hayamos fijado primero en la gota. Y aunque apenas ocupa espacio, resulta difícil apartar los ojos de ella. Todo lo demás es mucho mayor: el cuerpo de la mujer, sus ropas, la palangana donde ha metido un pie, incluso sus propias manos. Pero basta ese pequeño punto rojo para que nuestra mirada organice todo alrededor suyo.
La imagen, sin embargo, contiene una pequeña trampa. Esa gota no reclama nuestra atención únicamente porque sea sangre. La miramos porque alguien decidió dejarla roja. Ustedes la miran porque yo decidí que fuera roja. Todo lo demás lo reduje al gris y, en medio de ese mundo sin color, el rojo adquiere un privilegio extraordinario. Sus ojos no han elegido tanto como creen: yo elegí antes por ellos.
Fuera del dibujo ocurre algo parecido. Encendemos el televisor y alguien ha vuelto a colorear la gota. Un político ha dicho algo, otro ha respondido, un tercero considera intolerables las palabras del primero y dentro de unos minutos escucharemos a varios analistas explicar lo que quiso decir quien ya hemos oído decirlo. Puede transcurrir así una parte considerable de un informativo sin que haya sucedido prácticamente nada fuera del territorio de las declaraciones.
Donald Trump anuncia una ocurrencia, lanza una amenaza, insulta a alguien o convierte cualquier asunto en una nueva provocación y, casi inmediatamente, sus palabras atraviesan medio mundo. Abren periódicos, aparecen en las portadas digitales, ocupan minutos de televisión y provocan respuestas de gobiernos, partidos y tertulianos que prolongan durante horas aquello que quizá habría durado unos segundos si nadie le hubiera colocado delante un micrófono. Mañana dirá otra cosa y volveremos a empezar.
Por supuesto que lo que dice el presidente de Estados Unidos importa. Sus decisiones pueden afectar a millones de personas y sería absurdo pretender que los medios dejaran de informar sobre ellas. Pero informar sobre el poder no debería significar entregarle también la administración de nuestra atención. Una cosa es contar lo que un gobernante hace y otra muy distinta convertir cada disparate que dice en un acontecimiento.
El tiempo de un informativo también tiene sus límites. Debería tenerlos. Cada minuto dedicado a reproducir unas declaraciones, escuchar la respuesta del adversario y conocer después la opinión de quienes comentan ambas cosas es un minuto que ya no podrá dedicarse a otra historia. Y ahí comienza a importar el gris.
El gris está lleno de cosas. Una persona que pierde su casa no suele convocar una rueda de prensa. Un trabajador que lleva años encadenando contratos precarios carece de gabinete de comunicación. Una familia que no consigue pagar un alquiler difícilmente dispone de tres minutos en directo. Quien espera durante meses una ayuda, quien cuida a una persona dependiente, quien trabaja y continúa siendo pobre, quien ve desaparecer poco a poco el barrio donde ha vivido toda su vida no tiene normalmente un atril delante ni una hilera de micrófonos esperando sus palabras. Sus vidas pueden estar sufriendo profundamente sin que nadie coloque un rótulo rojo de “última hora” debajo de ellas. Sus vidas también tienen gotas rojas. Lo que ocurre es que pocas veces alguien decide colorearlas.
Quizá por eso deberíamos desconfiar un poco de esa frase según la cual los informativos nos cuentan lo que sucede. Naturalmente que lo hacen, pero antes realizan una operación mucho más importante: deciden, entre todo cuanto sucede, qué merece ser contado, durante cuánto tiempo, en qué posición y con qué tamaño. El mundo no llega hasta nosotros tal como es. Alguien lo selecciona, lo recorta y establece dónde debemos detener la mirada. En definitiva: alguien ha apostado todo al rojo.
Tal vez sería adecuado recordarlo la próxima vez que veamos un informativo o leamos la prensa. Porque lo verdaderamente importante no siempre es la gota que alguien ha decidido pintar de rojo. A veces la noticia está en todo aquello que dejaron en gris.
Eduardo González

Últimamente pienso en esto, y si las noticias no se centraran en los desastres, en la geopolítica manipulada, en tanta negatividad....y pusieran la atención en grandes logros, científicos, personales, sociales ecológicos... quizás el gris cotidiano se pintaría con colores.
ResponderEliminarPor cierto,Es precioso el dibujo.
Muy de acuerdo 👌
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