Querido Amigo
Querido amigo:
Te escribo carta porque me han contado que los pastores vascos volverán a Gran Canaria y, nada más saberlo, pensé en ti. No sé si alguien habrá reparado en la jugarreta de las fechas pero regresarán precisamente por esos días de septiembre que desde hace ocho años preferiríamos arrancar del almanaque.
He pensado que debía contártelo, aunque seguramente, dondequiera que andes metido, ya te habrás enterado antes que nosotros, porque hace ocho años también estuvieron por aquí. Vinieron a encontrarse con los pastores de esta tierra, a caminar con ellos, a conocer sus ganados, sus caminos y algunas de esas maneras de hacer las cosas que parecen distintas cuando se miran desde lejos y terminan pareciéndose mucho cuando quienes las practican se sientan juntos a hablar. Tú habías tenido bastante que ver con que todo eso ocurriera ya que siempre andabas metido en esas cosas: juntando gente, abriendo caminos, empeñado en demostrar que un pastor de una isla y otro de aquellas tierras podían tener bastante más que decirse de lo que cualquiera pudiera imaginar.
Ellos se marcharon y tú hiciste lo mismo al día siguiente, aunque de una manera bastante más cabrona. Te lo reproché entonces pero, como han pasado ocho años y no has tenido la delicadeza de responderme, mantengo la reclamación: tu corazón se paró y no fue dentro de mi pecho y con el mío, y aquello dolió más que demasiado. Te dije también que no te lo perdonaba y supongo que a estas alturas habrás comprendido que era una majadería, pero hay majaderías que uno solamente puede permitirse con quienes quiere mucho.
Un año después volví a escribirte, por esas mismas fechas del almanaque en que te nos hacías presente de una manera que ya hubiéramos querido distinta, y te contaba entonces que poco a poco nos íbamos recuperando de aquella arritmia y que nuestros corazones habían tenido que ser “coronados en las coronarias con sombreros de fieltro y zurcidos con hilo de tus cabellos”.
También intenté dibujarte y ahí está todavía el intento: el sombrero maltrecho —tu sombrero—, el pelo largo cayéndote por detrás, una oreja, unos cuantos trazos que insinúan el cuello y, después, nada. No pude dibujarte entero y durante algún tiempo pensé que lo había dejado sin terminar, que me faltó valor para enfrentarme a tus ojos, a la nariz, a la boca, a todas esas pequeñas distancias que separan un retrato de un dibujo que simplemente se le parece. Pero ahora creo que no fue por eso, que sencillamente no tenía papel suficiente ni mis lápices alcanzaban a dibujar la ausencia de tu rostro convertida, de pronto, en total presencia.
Ahí continúa el blanco y lo curioso es que han pasado ocho años y cada vez me parece menos vacío: miro ese hueco donde debería estar tu cara y te reconozco perfectamente. Seguramente será porque la memoria tiene sus propias maneras de dibujar y no necesita lápiz. Algunas personas, cuando se marchan, van dejando de caber en un rostro y empiezan a aparecer repartidas por otros sitios: en una palabra, en un camino, en alguien que habla de ganado, en una fotografía que aparece cuando uno no la estaba buscando o, mejor aún, en unos pastores que regresan del País Vasco.
Por eso vuelvo a escribirte. Durante unos días volverán a encontrarse aquí pastores de aquellas tierras y de estas, hablarán, caminarán, enseñarán cosas unos a otros y seguramente terminarán descubriendo, como ocurrió entonces, que hay conocimientos que no entienden demasiado de fronteras cuando quienes los llevan consigo tienen ganas de compartirlos.
No sé cuánto de aquel primer encuentro recordarán quienes regresen ahora, algunos quizá estuvieron contigo y otros puede que solamente conozcan tu nombre porque alguien se lo contó. Tampoco sé si durante esos días alguien pronunciará ese nombre en voz alta, pero yo sé que estarás. No hace falta colocarte en ninguna parte ni recurrir a grandes palabras para traerte hasta aquí: basta saber que ayudaste a abrir una puerta y que ahora, por esa misma puerta, vuelve a entrar gente.
Tal vez sea una de las formas más hermosas que existen de permanecer. Uno hace algo sin saber cuánto durará, junta a unas personas, propone un encuentro, comparte lo que sabe, convence a alguien para que venga desde lejos y después el tiempo sigue haciendo de las suyas, hasta que un día, años más tarde, alguien vuelve a recorrer aquel camino y resulta que todavía quedan algunas huellas.
Las tuyas deben de andar por ahí y tú, que tanto tuviste que ver con aquella primera visita, vas y consigues la puñetera casualidad de que regresen precisamente por estas fechas. No sé cómo te las has arreglado pero reconozco tu manera de meterte en medio.
Yo, por mi parte, seguiré sin terminar el dibujo. He comprendido que no hace falta.
Eduardo González

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