Una manera de decir el mundo


 


Una manera de decir el mundo


Las lenguas pueden nombrar el mar, una montaña, la lluvia, el hambre, el miedo o el amor. Pero sospecho que ninguna lo hace exactamente desde el mismo lugar. Y no sé si decir lo mismo significa decir la misma cosa.

En todo caso, el título de este libro me inquietó desde el principio: La muerte de la lengua guanche, de Rumen Sosa Martín. Si una lengua es una herramienta para comunicarnos, no parece aventurado pensar que su desaparición significa también dejar de disponer de una determinada manera de hacerlo. No desaparecen solamente palabras: se pierde una forma de relacionarlas, de construir con ellas las frases y el pensamiento. Y también de reconocerse unos hablantes en otros por su particular manera de expresarse.

Esta acertada publicación nos anima a tener presente —incluso nos obliga— que la desaparición de una lengua no puede contemplarse únicamente como consecuencia del paso del tiempo. La investigación de Rumen Sosa sitúa la sustitución de las modalidades amazighes habladas en Canarias dentro de un proceso histórico mucho más amplio de aculturación y asimilación de la población indígena como consecuencia de la conquista y colonización castellana del Archipiélago. Cambió el poder y cambió la sociedad. Y la lengua de quienes habían habitado las Islas quedó también sometida a las condiciones impuestas por aquella nueva realidad. El castellano no llegó solo: llegó acompañado del poder de quienes lo hablaban.

Las lenguas no existen al margen de las relaciones de poder. Hay lenguas que ocupan la administración, la religión, los intercambios y los espacios de prestigio, mientras otras van siendo desplazadas hacia lugares cada vez más reducidos. Según plantea Sosa, fue precisamente dentro de esas nuevas condiciones sociales donde se produjo progresivamente la sustitución lingüística.

Aquí aparece una cuestión que, como obrero de la escritura, me resulta difícil separar de las palabras. Porque una lengua no sirve únicamente para comunicarse con los demás. También permite reconocernos como parte de quienes hablan como nosotros. Las palabras con las que una comunidad ha nombrado durante generaciones su territorio, sus animales, sus plantas, sus trabajos o sus relaciones forman parte de la manera en que esa comunidad se ha explicado a sí misma. Cuando cambia la lengua con la que se nombra el mundo, algo cambia también en la relación que mantenemos con él. Quizá sea eso lo que más me cuesta imaginar: todo aquello que dejamos de decir cuando desaparece una lengua.

La investigación de Rumen Sosa no se detiene únicamente en aquello que desapareció. También presta atención a lo que consiguió atravesar aquel enorme proceso de transformación y alcanzar nuestro presente. Porque las lenguas parecen tener también sus maneras de quedarse.

Tal vez quienes escribimos deberíamos pensar alguna vez en eso. Trabajamos con una herramienta extraordinariamente antigua y colectiva. Ninguna de las palabras que utilizamos empezó con nosotros. Nos fueron entregadas. Las aprendimos escuchando a otros mucho antes de comenzar a escribirlas y las empleamos sin conocer, la mayoría de las veces, las innumerables bocas por las que tuvieron que pasar antes de alcanzar la nuestra.

Nuestra manera de hablar también cuenta de dónde venimos. Nos reconocemos en los nombres que damos a las cosas, en ciertos giros, sonidos y palabras que sentimos próximos sin necesidad de preguntarnos continuamente por qué. Y quizá ahí se encuentre una de las razones por las que merece la pena investigar aquello que hemos perdido. Una comunidad no está formada únicamente por lo que conserva. También la constituyen sus desapariciones, sus sustituciones, sus silencios y las pequeñas cosas que consiguieron atravesarlos.

Rumen Sosa nos habla —en una entrevista que conseguí consultar en izuran.blogspot.com— del «devastador y frío silencio» que rodea una investigación de estas características y cuenta que eligió «un camino no recomendable» por su dificultad. Me gusta esa imagen. Hay caminos de investigación perfectamente señalizados y otros en los que apenas quedan indicaciones. Quien decide recorrer estos últimos sabe que probablemente tendrá que detenerse muchas veces, regresar sobre sus propios pasos y aceptar que determinadas preguntas quizá permanezcan sin respuesta. Pero eso no convierte el viaje en inútil. Investigar no consiste solamente en encontrar respuestas. También consiste en aprender a formular preguntas, volver sobre documentos, relacionar indicios dispersos y mirar de otra manera aquello que, por demasiado conocido, habíamos dejado de ver. Eso también es investigar contra el olvido.

Hay una realidad palpable en la publicación de este libro que no voy a pasar por alto y que tiene que ver, sencillamente, con el hecho de que hoy lo podamos tener entre las manos. Una investigación puede realizarse, defenderse como tesis doctoral y permanecer después durante años dentro de ámbitos fundamentalmente académicos. Para que salga de allí tiene que ocurrir algo más. Alguien debe decidir editarla, imprimirla, distribuirla y colocarla finalmente al alcance de quienes quieran acercarse a ella. Hace falta publicarla.

Por todo ello, estas líneas —además del intento de promover la lectura de la obra a la que se refieren— han de ser también una felicitación. A Rumen Sosa Martín, naturalmente, por los años dedicados a recorrer ese «camino no recomendable» y, personalmente, mi agradecimiento por haber decidido recorrerlo. Pero también a LeCanarien ediciones y a quienes han hecho posible que aquella investigación haya terminado convertida en libro. Porque editar determinados libros también exige atreverse.

La muerte de la lengua guanche está ahí. Podemos tomarlo entre las manos. Abrirlo. Leerlo. Subrayarlo. Estar de acuerdo con sus planteamientos o discutirlos. Podemos regresar a sus páginas y utilizarlas para hacernos nuevas preguntas. El trabajo que durante años perteneció principalmente al investigador entra así en un espacio compartido.

Y mientras escribo estas líneas vuelvo inevitablemente a las palabras. Las necesito para escribir que el mar siguió siendo mar y que las montañas permanecen donde estaban. Que continuó cayendo la lluvia, llegando el hambre, apareciendo el miedo y ocurriendo el amor. Y para escribir también que perdimos una manera de decir y decirnos el mundo.


La muerte de la lengua guanche [Proceso de sustitución lingüística en Canarias (SS. XV-XVII)].

Rumen Sosa Martín.

LeCanarien ediciones. 2025. 

para hierbolario.blogspot.com

Eduardo González 








Comentarios

  1. Muy bueno como siempre. Dan ganas de leer el libro

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  2. No al olvido.Gran trabajo,en silencio.Muy buena recomendación.Mil gracias.

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