Al otro lado
Al otro lado
Durante los últimos dos años, dos sábados al mes, La Revoliá ha acudido a la Plaza de España, junto a las ramblas de Mesa y López, para participar en el programa de música, bailes y tradiciones canarias promovido por la Concejalía de Turismo del Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria. La iniciativa había comenzado en 2022 con la intención de acercar la cultura popular tanto a quienes viven en la ciudad como a quienes la visitan, y en 2024 incorporó una programación quincenal donde las agrupaciones folclóricas compartían espacio con muestras de juegos y otras actividades tradicionales. A La Revoliá le correspondió participar en esa última parte y, como seguramente era lógico, el Juego del Garrote ocupó al principio buena parte de aquellas mañanas.
Dos años dan para muchos sábados y también para descubrir que una calle nunca tiene el mismo público y, al mismo tiempo, puede acabar teniendo el suyo. Había turistas que llegaban por casualidad, familias, gente que iba de compras y personas que se detenían unos minutos antes de continuar su camino. Y estaban quienes comenzaron a repetir. Algunas personas llegaron a hacerlo con tanta frecuencia que acabaron siendo rostros conocidos entre quienes se sentaban delante de la muestra.
Para los miembros de La Revoliá aquellos sábados terminaron convirtiéndose en días esperados. Quizá ocurrió desde el primero. Dejaron la furgoneta bastante lejos de la plaza y tuvieron que recorrer a pie varias calles de la capital, atravesando el Parque de Santa Catalina, con los garrotes en las manos, los arados al hombro y los sombreros a la cabeza. A su paso encontraban sonrisas y gestos de aprobación de personas que parecían reconocer en lo que llevaban algo que también les pertenecía. Todavía no habían llegado a la plaza y, de alguna manera, la muestra ya estaba en marcha. Resultaba especialmente agradable llegar, colocar las cosas y pasar la mañana al aire libre, bajo el sol y con la gente atravesando continuamente aquel espacio de todos. Disfrutaron muchísimo de esas jornadas y, si alguna vez pudieron tener dudas sobre otras cosas, nunca estuvieron confundidos acerca de lo que hacían allí. Cada quince días regresaban con ganas de compartir lo que llevaban y de encontrarse nuevamente con quienes comenzaban a esperarlos al otro lado. Seguramente una parte de todo aquello tuviera que ver con lo familiar que les resultaba aquella situación. La Revoliá había comenzado muchos años atrás precisamente así: en un parque, bajo el cielo y sin más paredes que las que pudiera poner la propia calle. Encontrarse otra vez rodeados de personas que podían detenerse o seguir caminando era también una forma de regresar al lugar del que habían partido.
Quizá fueran esas mismas personas quienes, sin proponérselo, ayudaron a ensanchar las muestras. Poco a poco comenzaron a incorporarse otras prácticas y conocimientos. Un sábado se tostaba millo y se mostraba cómo se elaboraba el gofio; otro se hacía queso o se llevaban cencerras para escuchar sus diferentes sonidos. Aparecieron trompos, carros de cojinetes y otros juegos tradicionales; se mostró el sacado de las tiras de platanera que se utilizaban en los cultivos de aparcería; llegaron zurrones y batijeros y se explicó su elaboración. Hubo también levantamiento del arado, salto del pastor y diferentes estilos de juegos de palos procedentes de otras islas. Cada actividad abría una puerta y detrás de ella aparecía casi siempre otra cosa sobre la que conversar. Con el tiempo, hasta la propia programación oficial comenzó a presentar a La Revoliá no solamente por su relación con el mundo del pastoreo, sino también por su trabajo alrededor de la cultura canaria y sus tradiciones.
El paso del tiempo permitió comprender que esas muestras no funcionaban exactamente como se habían imaginado. A un lado estaban quienes mostraban y al otro quienes observaban, de manera que parecía fácil saber qué papel correspondía a cada cual. Pero bastaba colocar un objeto para que alguien se acercara y dijera cómo lo llamaban en su casa. Otro explicaba para qué servía, recordaba quién lo utilizaba o añadía algún detalle desconocido. Al mostrar las cencerras había quienes reconocían sus sonidos y ante una herramienta aparecía el recuerdo de unas manos. Algunas veces ni siquiera hacía falta ver lo que estaba ocurriendo. Uno de aquellos sábados, cuando ya terminaba la muestra, alguien se acercó porque su hijo le había preguntado de dónde venía aquel olor a gofio en medio de Mesa y López. El día que aparecieron las tiras de platanera, una persona mayor se levantó de su asiento para explicar cómo se confeccionaba con ellas una pelota; hizo una allí mismo y terminó dándole unos cuantos toques con el pie sin dejarla caer al suelo. Un trompo puesto a bailar despertó en otra persona el recuerdo del suyo, guardado desde hacía quién sabe cuánto tiempo. Quince días después volvió con él desde casa para enseñarlo. Poco a poco aquella frontera entre quienes mostraban y quienes miraban comenzó a resultar menos clara.
Situaciones parecidas, de diferentes maneras, fueron sucediéndose durante estos dos años. La Revoliá salía a la calle con la intención de mostrar una parte de la cultura popular y otra parte parecía estar esperándola allí. Personas que quizá nunca utilizarían expresiones como patrimonio inmaterial, transmisión intergeneracional o comunidad portadora conservaban conocimientos que difícilmente podrán encerrarse dentro de una vitrina.
Acaso esa haya sido una de las enseñanzas más importantes de estas muestras. La cultura popular corre siempre el riesgo de terminar convertida en algo que unos pocos explican y los demás contemplan. Se puede colocar una herramienta sobre una mesa, describir para qué servía y considerar que con ello se ha cumplido la obligación de conservarla. Pero basta que se acerque alguien y diga «yo tenía una de esas» para que el objeto salga de la exposición y vuelva durante unos minutos al lugar del que procede: la vida.
También fue cambiando la manera de acudir a aquellas muestras. Ya no se trataba únicamente de mostrar, sino de escuchar. Cada nueva actividad podía provocar un encuentro. El millo, el gofio, el queso, una cencerra, un trompo, una tira de platanera, un zurrón, un arado o un garrote servían para comenzar una conversación que nadie había programado. La furgoneta llegaba cargada desde el sur hasta la capital y algunas mañanas parecía regresar con más cosas de las que había llevado, aunque ninguna pudiera guardarse en su interior. Lo que volvía eran recuerdos ajenos, nombres, maneras de hacer, correcciones, historias y pequeños conocimientos entregados muchas veces por alguien que simplemente se había acercado a mirar.
El próximo 19 de septiembre tendrá lugar la última de estas muestras. Después de dos años llegará el momento de recoger los garrotes, los arados, los juegos y todos esos objetos que han ido ocupando aquel espacio. Más difícil será recoger las conversaciones, las emociones y el cariño recibido durante ese tiempo.
Al principio parecía que La Revoliá salía a la calle para acercar una parte de la cultura popular a quienes pasaban por allí. Dos años después, cuando se acerca el final, sabemos que esa cultura ya estaba presente y que, muchas mañanas, se sentaba enfrente, justo al otro lado.
Eduardo González

Buenísimo y muy cierto. Gracias por hacerlo ver
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