La hora que nos cambia


 La hora que nos cambia


Atrasar y adelantar los relojes fue durante mucho tiempo una cuestión de mecanismos que se desajustaban. O de que se quedaran sin cuerda en aquellos tiempos en los que funcionaban con ella. Había que buscar otro reloj que fuese más fiable o acercarse a la radio y esperar a que dieran la hora para poner nuevamente las manecillas en su sitio. Ahora, en estos tiempos que corren —y nos hacen correr— por pistas móviles y digitales, no tenemos que preocuparnos de tales menesteres. Ya se encarga la divina providencia internauta de que todas las personas bailemos al mismo compás. Y, como consecuencia, este fin de semana tendremos que bailar para atrás durante una hora para no salirnos de la pista.

Acabo de oír en las noticias a un presentador diciendo que dormiremos una hora más. Lo dice con una alegría que parece de regalo. Claro que eso será en caso de que la madrugada nos coja durmiendo. Porque quien esté trabajando hará una hora extra y quien tenga insomnio de sobra dispondrá de sesenta minutos adicionales al saldo para gastarlos mirando el techo. Tampoco sé qué ocurre con quien tenga una mala noche. Supongo que padecerá una hora más de mala noche. Así que no parece que el regalo sea igual para todos.

Pero hay algo que no termino de entender. Me pregunto adónde va a parar esa hora. Porque a las tres serán las dos. Y a uno lo puede coger haciendo cualquier cosa a las dos y media para, una hora después, volver a encontrarse con las mismas dos y media. No conozco muchas ocasiones en las que podamos regresar a un sitio sin habernos movido de donde estábamos. Dentro de unos meses ocurrirá justamente lo contrario: llegará otra madrugada en la que a las dos sean las tres y perderemos una hora por el camino. Tampoco sé adónde irá esta.

Tal vez exista algún lugar donde se guarden todas esas horas que vamos poniendo y quitando dos veces al año. Un almacén enorme de horas sin estrenar, horas repetidas y horas envueltas en papel de regalo que nunca llegaron a existir. Allí estará la que nos quitaron aquella primavera cuando teníamos algo pendiente a las dos y cuarto. También la que nos devolvieron meses después cuando ya no nos hacía ninguna falta.

El tiempo tiene esas cosas. Nos pasamos la vida diciendo que no lo tenemos, que se nos hizo tarde y que cualquier otro día ya encontraremos un rato. Como si alguna vez fuéramos a tener tiempo de sobra. Sin embargo, dos veces al año movemos una hora de un lado para otro como si no tuviera demasiada importancia.

Este fin de semana nos devolverán una. No sé qué haré con ella. Seguramente quedarme despierto por ver si la atrapo. Pero cuando amanezca, como ocurre casi siempre con las cosas que soñamos, ya la habrá desteñido el tiempo.

para hierbolario.blogspot.com

Eduardo González.



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