Lo que me falta por leer
Lo que me falta por leer
De alguna extraña manera, siempre queremos completar las cosas. Si nos cuentan media historia, preguntamos cómo termina. Si encontramos una fotografía rota, intentamos imaginar quién estaba en la parte que falta. Si recordamos una frase a medias, buscamos las palabras que se nos han perdido. Parece que nos cuesta aceptar que algo pueda quedarse así, incompleto, sin que tengamos que salir corriendo a buscar el pedazo que falta.
A mí, sin embargo, cada vez me gustan más las historias incompletas. Debe de haber algo profundamente humano en no poder explicarme del todo. En llegar hasta un punto y detenerme allí todo el tiempo. En mirar lo que queda y tener que aceptar que después hay un margen, un borde, un puente que no me atrevo a cruzar y por el que ya no puedo continuar.
Puedo suponer. Eso sí. Suponer se me da muy bien. También dibujar debe de tener algo de eso. Uno comienza creyendo que sabe lo que quiere poner sobre el papel y después aparecen cosas que no estaban previstas. Una línea lleva a otra, una sombra me pide otra sombra y algo que iba a ocupar un lugar termina desplazándose y, de pronto, aparece una espiga donde yo no recuerdo haber decidido que hubiera una espiga.
En este dibujo hay dos. Hay también una mano, grande y castigada, sujetando un pedazo de pan. Recuerdo haberla dibujado y recuerdo sus dedos, sus arrugas, sus uñas rotas y el trozo de pan apretado contra su palma. También recuerdo las espigas. Lo que no recuerdo es por qué las puse. Podría inventarme ahora una explicación. Podría decir que quise dibujar el camino que va desde el grano hasta el pan y que aquellas espigas explicaban lo que la mano sostenía. Podría hablar del trabajo, de la tierra, de la cosecha, de las manos y el sudor que siembra y de las manos y el sudor que amasan las manos. Todo encajaría bastante bien.
Pero como no lo sé, prefiero dejar ese hueco porque durante mucho tiempo pensé que recordar consistía precisamente en lo contrario: en ir rellenando huecos, en recuperar nombres, lugares, palabras, caras. Reconstruir lo ocurrido hasta conseguir que las piezas volvieran a encajar.
Ahora empiezo a sospechar que recordar también puede consistir en respetar lo que falta. Quedarse con un pedazo de pan. Con una imagen. O con tres o cuatro palabras que no me obliguen a decir más de lo que todavía dicen.
Ayer escuché leer a una poeta. En uno de sus poemas apareció una madre. Y una espiga. Y el pan. No quiero abrir ahora el libro para comprobar exactamente qué decía. Lo tengo aquí. Podría hacerlo porque me lo traje en mi corazón y es muy fácil abrir los dos. Bastaría buscar la página, las coronarias esparramadas sobre el papel y recuperar las palabras que me faltan. Pero no quiero.
De memoria, y seguramente equivocándome, recuerdo algo de la espiga de su madre que granaba pan para la mesa. Eso es lo que me quedó. Entonces me acordé de este dibujo. De la mano. Del pedazo de pan. De su madre y de la mía. De todas las madres. Y de aquellas dos espigas que dibujé hace años sin recordar ahora por qué las puse. Son migas de mis recuerdos.
Después lloré con lágrimas secas para que nadie se diera cuenta.
Anclaje de Puente. Benita López Peñate. Mercurio Editorial, 2026.
Eduardo González.

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