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Migrar sin permiso

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  Migrar sin permiso   Dicen que las migraciones del Paleártico hacia el corazón húmedo de África han sido siempre asunto de aves: alas grandes, brújulas internas y rutas que se heredan sin necesidad de mapas. Pero una investigación reciente ha demostrado que una pequeña mariposa, casi invisible frente al tamaño de sus compañeras emplumadas, es capaz de realizar ese mismo viaje milenario. La migradora de los cardos, Vanessa cardui , recorre cada año más de doce mil kilómetros, cruzando dos veces el desierto del Sahara, esquivando tormentas de arena y océanos de calor.  Su travesía es un acto de fe: partir sin certezas, guiada por una necesidad que no es distinta de la nuestra cuando el lugar donde nacemos se vuelve demasiado estrecho, demasiado cruel o demasiado árido para sostener la vida. Hacia finales del verano, esta viajera ligera atraviesa el Mediterráneo y desciende hacia África tropical. Allí pone sus huevos, deja un linaje que crecerá sin conocerla y, l...

Corazón de tomate

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  Corazón de tomate             Llevaba tiempo cosiendo tomates como si en cada uno de ellos intentara recuperar lo que un día se le quebró sin aviso. Crecido entre cultivos, creyó que su juventud avanzaría siempre igual, trepando caña arriba como una savia que no sabe de venenos. Pero llegó aquel mandato —seco y ajeno— que lo arrancó de la tierra y lo empujó a un silencio que no era suyo. Vestido con un uniforme que le raspaba la piel como una culpa prestada, pronunció juramentos que jamás comprendió mientras algo dentro se le astillaba sin remedio. Hasta que un día, desde su propio fusil, salió una bala que no pudo detener: una línea de plomo que cortó el aire, atravesó un corazón y lo dejó sin latido. Desde entonces carga con ese disparo como quien lleva un hierro ardiendo metido en el pecho. Cuando por fin regresó ya no encajaba en ningún sitio. La tierra seguía allí pero él no; caminaba entre los recuerdos como alguien que hubiera olvidad...

Cuando el verde no renuncia

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  Cuando el verde no renuncia En tiempos de estanques de piedra y acequias sobre tierra sedienta, un cornical aceptó un pacto que le pedía, de un salto, estrellarse contra un muro de bloques alzado en el cielo. Y como combustible, tan sólo el agua filtrada por las paredes a las que, por esperanza, se aferraban sus nudos como manos desesperadas. Ahora, cuando la escalera cae sin remedio, entendemos que aquel acuerdo nunca fue un trato entre iguales. Obedecía, tal vez, a esa idea heredada del que se entrega para sostener lo que está a punto de venirse abajo. El cornical, con sus troncos torcidos y retorcidos, parecía saber que nadie iba a agradecerle el golpe ni la herida; aun así, aceptó hacer de puente entre dos tiempos —el de la piedra y el del bloque—, como si en su cuerpo pudiera quedar unido un mundo que ya estaba partiéndose. Cuando la escalera cae, cuando la humedad abandona las paredes y los muros pierden el pulso, comprendemos que fue él quien mantuvo intacta la...

AMURGA, desde el llano

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AMURGA, desde el llano Que fue en el llano donde les empezó la cumbre. De vez en cuando aquellos chiquillos abandonarían sus juegos de cañas y corchos y, dándole la espalda al mar, mirarían para dentro, para la isla. Entonces, la visión que ante sus ojos se abría era la de un largo y extenso llano al que un lejano soco de montañas lo separaba del cielo. Y era en ese cielo claro y azul donde veían caminar al sol: un sol inmensamente amarillo que enmorenaba sus pieles pobremente cubiertas por escasas ropas; un sol que al atardecer perdía su horizonte por aquellas montañas que siempre estaban ahí y que, de alguna manera temerosa, sobrecogían sus corazones infantiles puesto que eran ellas las que precipitaban la noche, esa oscuridad inminente donde acababa su tiempo de luz y juegos. Sin embargo, aquellas montañas que les apagaban el día eran también las que les encendían la imaginación. Intuían que desde allí tendrían que nacer los barrancos más profundos y los secretos nunca contados....

El garrote ahora descansa detrás de la puerta

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  El garrote ahora descansa detrás de la puerta Después de casi cuatro décadas de práctica he decidido cerrar mi etapa activa en el Juego del Garrote. No participaré en más muestras, encuentros ni en actos públicos, cuestión esta en la que nadie gana ni nada se pierde. Pensaba anunciarlo el día de mi cumpleaños, pero alguien, con más sabiduría que prisa, me sugirió que es mejor no mezclar la nata de las tartas con la leche y el gofio. Y comprendí que tenía razón: hay decisiones que necesitan su propio día, su propio aire y su propia claridad. No es una renuncia, sino un tránsito natural: llega un momento en que el cuerpo necesita retirarse para que la palabra tome el relevo y diga, con calma, lo que el gesto ya no puede expresar. Me retiro de la práctica pero no del compromiso. Seguiré defendiendo la memoria del garrote desde la escritura, que hoy es el espacio donde mejor puedo expresar lo aprendido y señalar lo que considero necesario. Desde ahí seguiré recordando que este ...

Churros con chocolate en Tejeda

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  Churros con chocolate en Tejeda Cuesta no sentir una profunda incoherencia cuando se invita a comunidades rurales, con identidades bien arraigadas y oficios culturales frágiles, a participar en una grabación destinada a promocionar una iluminación comercial que poco tiene que ver con su realidad. La propuesta de grabar un vídeo, vinculada a la campaña para iluminar Tejeda —con el Juego del Garrote Tradicional de Gran Canaria como invitado—, convierte un patrimonio nacido de la tierra en un decorado más dentro del paisaje navideño de este consumo acelerado que padecemos. Es difícil no preguntarse qué sentido tiene vestir de luces un territorio cuya fuerza reside precisamente en lo contrario: en la sobriedad del campo, en la memoria que se transmite sin focos y en el ritmo lento y honesto de quienes lo habitan. Tejeda no necesita un manto dorado para brillar; su luz es otra y proviene de una historia colectiva rodeada de riscos, montañas y calderas que no cabe en la lógica ...

Autopsia literaria 11/2019: Entre memoria y protección

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  Autopsia literaria 11/2019: Entre memoria y protección Del escritor —editor, filólogo, docente a tiempo completo, dramaturgo en horas difíciles y, sobre todo, buena persona— Victoriano Santana Sanjurjo aprendí que se reseña literariamente aquello que te provoca placer mientras lo lees. Y que, al reseñarlo, invitas a otros a participar de ese deleite que uno experimentó al hacerlo. Enfrentarse a textos que no despiertan interés alguno para practicar sobre ellos una crítica despiadada o irónicamente mordaz es perder tiempo y perder vida: y vidas, como sabemos, no tenemos tantas como para emplearlas en desmenuzar lo que no nos enciende por dentro. De él —que se llama a sí mismo juntaletras y al que yo califico sin reservas como forense ensimismado— aprendo cada vez que me asomo a su sadalone.org. Incapaz soy de estar a su altura y mucho menos de imitar sus cirugías literarias con mi pulso tembloroso. Pero lo cierto es que mi poca vergüenza se atreve —y se empuja sola— a dedicarl...