Entradas

Mirar el suelo

Imagen
  Mirar el suelo Durante estas últimas semanas cae una lluvia que nos aprende a mirar el suelo. El asfalto, herido y resquebrajado, se cubre de charcos donde el mundo de arriba decide darse la vuelta. Entonces vemos las figuras invertidas: las nubes atrapadas en un cristal frágil o un árbol con las ramas desnudas enseñándonos que el cielo también sabe tocar la tierra. Todo parece provisional y sabemos que bastaría una pisada —o las ruedas de un coche que pasará dentro de poco— para romperlo en pedazos. En este sureste de vientos y sequedades la lluvia no cae: se recuerda. Cada gota nos trae una memoria de sed, de cercados que aprendieron a sobrevivir mirando a las nubes y de barrancos acostumbrados a esperar su momento. Aquí el agua no solo moja. También revela. Hace visible lo que siempre estuvo ahí pero que el olvido no nos dejaba ver. Entonces vuelve la infancia. No como una escena completa, sino como un gesto. Nos vemos inclinándonos sobre los charcos buscando en ellos...

Afinar el aire

Imagen
  Afinar el aire El sonido le llegó antes que la imagen. Un silbido cantarín subió desde la calle hasta la azotea como si alguien estuviera llamando desde abajo. Apenas tardó en reconocerlo, los segundos justos para bajar con un cuchillo en una mano y la pequeña cámara de fotos en la otra. El hombre que hace chiflar el aire trabaja de perfil al mundo, como si supiera que lo importante ocurre siempre en sus márgenes. No levanta la vista cuando recibe la hoja de metal. La toma con la naturalidad con que se aceptan las cosas necesarias. Entonces el pie empuja y la rueda responde. No hay enchufes ni botones: la energía sube desde el gemelo, atraviesa el eje y enciende la piedra. Pero ahí, en ese artilugio verde que parece rescatado de otro siglo, alguien sostiene el tiempo con el mismo gesto con que tensa una correa. Cada vuelta de pedal devuelve a las cosas su filo, como se devuelve el desgaste a los días que avanzan. Este oficio no hace ruido de progreso: produce un zumbido que...

Viento para la sal

Imagen
  Viento para la sal No sé si se trataba de viento para la sal o de sal para no olvidar el viento. Tal vez fueran la misma cosa y ya no lo sepamos. Porque hubo un tiempo en que ambos tuvieron que hermanarse para poder existir: el viento para mover el agua y la sal para conservar el tiempo; el uno para empujar la vida y la otra para impedir que ésta la deshiciera del todo. Cuando esa alianza se rompe desaparecen también las razones que los mantuvieron en pie. “El Molino de La Baja”, en Pozo Izquierdo, ya hace años que no está. No cayó por el viento ni se lo llevó el tiempo. Desapareció porque nadie consideró necesario que siguiera ahí. Los temporales de olas y mareas hicieron el resto con el que se estableció un silencioso y absoluto acuerdo: donde antes el viento encontraba un cuerpo que lo hacía visible ahora solo queda el aire que pasa. El niño que había nacido en una zona ventosa de esta Gran Canaria —que fabrica intemperies y carácter— aprendió desde muy pronto que el ...

Todo menos presidente

Imagen
  Todo menos presidente Me imagino —porque supongo que todavía imaginar no hace daño— que si al niño que aparece en la imagen le hubiesen preguntado qué quería ser de mayor, no se le habría pasado por la cabeza decir que presidente. Está demasiado ocupado haciendo girar una piedra, empujándola con un palo, para decir eso o algo que se le parezca. Ni siquiera —y continúo suponiendo sin querer molestar— se le habría ocurrido decir alcalde o ministro. A mí, al menos, no se me habría ocurrido. En nuestra época ya teníamos a un generalísimo que se encargaba de todos esos asuntos y ocupaba todas esas profesiones, o eso creía yo desde mi infantil entender. El poder era algo lejano, desconocido y abstracto. Y colocado demasiado alto como para mirarlo de frente. Los chiquillos de entonces —e imagino que los de ahora también— no entendíamos de esas cosas. Resultaba imposible imaginar que para dedicarse a la política habría que estudiar las diferencias entre chistorras o lechugas para s...

Más conciencia que luces

Imagen
  Más conciencia que luces Si de verdad estuviéramos dispuestos a exigirles a quienes administran lo público un mínimo de seriedad; si fuéramos capaces de recordarles que el cargo no es un privilegio sino una responsabilidad y que sus decisiones arrastran vidas en vez de titulares; si pudiéramos, siquiera por un instante, apartar el ruido de sus enfrentamientos y hacerles ver que, más allá de sus reyertas particulares, la sociedad se enfrenta a desafíos que desbordan cualquier cálculo partidista; si pudiéramos hacerles entender que gobernar no es ocupar espacio, sino hacerse cargo del tiempo ajeno, del pan de mañana y del miedo de hoy; si, por sus propias capacidades, pudiesen darse cuenta que hay momentos en los que no hacen falta más luces, sino más conciencia, entonces muchas otras cosas quedarían en un segundo plano. Porque cuando la corrupción se normaliza, cuando el enfrentismo se convierte en método y la desolación en paisaje habitual, resulta casi obsceno exigir entu...

Cuento de amor mal contado

Imagen
Cuento de amor mal contado Creí verla aferrarse a la pared como quien encuentra una tabla de salvación. La buganvilla le ofrecía sus flores y ella parecía enamorarse de ese gesto mínimo, de esa promesa de sombra y de color en medio del muro áspero. Creí verla llevada por el viento hasta ese abrazo, recibiendo la vida que él arrastraba en su incesante soplo. Lo creí de verdad, con la misma creencia con la que vemos cómo las arrancan, cómo las talan, cómo les quitan una vida que no es nuestra, empujadas por otro soplo —más seco y más urgente— de picos y motosierras. Un viento distinto, sin memoria, que no pregunta ni escucha, que pasa lista y deja huecos donde antes hubo sombra. Las palmeras, los árboles todos de esta urbanidad espaciosa que ya no están por una tontería siniestra, fueron cayendo en silencio, una a una, uno a uno, como si su caída no doliera.  Ahora se inclinan, se arriman al picón y al cemento como si aún pudieran protegerse en ellos, como si los muros devolviera...

Universo Sadalónico

Imagen
  Universo Sadalónico Encontré en sadalone.org —entre sus “soltadas” y su “diccionario sadalónico”— la confirmación, para mi sorpresa, de algo que llevaba años utilizando sin saber que, algún día que ya fue, alguien le puso nombre. Y a Victoriano Santana Sanjurjo le debo ese bautizo clarividente. El “lápiz de leer” que él llama lo llevo sosteniendo entre mis manos más tiempo del que considero razonable. O tal vez es que se me ha vuelto imprescindible más allá de lo que debería admitir. Y así, hasta el extremo de que aquello de ser un hombre a una nariz pegado acaba resultándome irrisorio sin gracia alguna: uno acaba pegado —en realidad y por muy grande el tamaño del órgano que el soneto pretendía ensanchar aún más— a un lápiz que sirve tanto para escribir como para leer. Porque en cuanto lo suelto —si es que lo suelto— tengo la impresión de que las palabras se me desordenan. A veces creo que piensa por mí, que afila mis dudas y redondea mis certezas con una calma que yo no t...