Vinieron a hablar de pastoreo….simplemente.
Vinieron a hablar de pastoreo
Durante seis días estuvieron en Gran Canaria unos pastores y pastoras llegados del País Vasco. Habían venido a encontrarse con otros pastores, a conocer sus ganados, recorrer lugares, preguntar cómo se hacen aquí determinadas cosas y explicar cómo las hacen allá. Ocho años antes ya se había producido un encuentro parecido y en aquella primera visita había tenido mucho que ver Joni López, uno de esos hombres capaces de juntar a personas que viven a miles de kilómetros para descubrir que, cuando comienzan a hablar de su oficio, la distancia puede reducirse a una conversación.
Esta vez Joni no estaba.
Quedaban, sin embargo, algunas de las cosas que ayudó a poner en marcha. Los pastores vascos volvieron a encontrarse con pastores de Gran Canaria, algunos de ellos verdaderos referentes por sus conocimientos, por los años que llevan detrás de los animales y por todo cuanto todavía conservan de un oficio que difícilmente puede aprenderse únicamente en los libros. Los escucharon con atención y respeto. Porque saber de ganado no tiene ideología y una cabra o una oveja tampoco pregunta a quien la ordeña qué votó en las últimas elecciones.
Quizá convenga dejar esto claro antes de continuar.
Durante aquellos días algunos de esos pastores y pastoras manifestaron abiertamente sus posiciones políticas. Se declararon de derechas cuando ellos se fueron. Estaban en su perfecto derecho. Ser pastor no obliga a ser de izquierdas, de derechas ni de centro; tampoco conocer los barrancos, saber conducir un ganado, hacer un queso o haber acumulado durante décadas conocimientos extraordinarios concede a nadie una determinada adscripción política. Una cosa pertenece al oficio y otra a la conciencia de cada cual.
El problema comenzó cuando ambas cosas dejaron de estar separadas.
Porque aquella visita terminó entrando también en el terreno de los intereses políticos. Y entonces quienes habían venido a conocer una cultura pastoril podían acabar formando parte, quisieran o no —pero inducidos deplorablemente por los inducidores– , de una representación que iba bastante más allá del motivo por el que habían llegado a Gran Canaria.
No hace falta discutir las ideas políticas de nadie para advertir el problema. Basta preguntarse algo mucho más sencillo: ¿hasta dónde puede utilizarse la presencia de unos visitantes para construir un discurso que ellos no han venido a sostener?
Una fotografía parece una cosa inocente. Varias personas se colocan juntas, alguien dispara una cámara y queda constancia del encuentro. Pero una fotografía también puede convertirse en otra cosa dependiendo de quién la publique, dónde la coloque y qué palabras escriba alrededor. Quienes estaban allí para conocer un ganado pueden terminar pareciendo invitados de una determinada causa. Quienes acudieron a escuchar a un pastor pueden ser colocados dentro de un relato político que nunca fue el suyo. Y lo que comenzó alrededor de unas ovejas o unas cabras termina desplazándose hacia un lugar al que nadie había dicho que quisiera ir. Y esto no es desplazamiento metonímico. Esto es desplazamiento político sin maldita vergüenza.
Eso es precisamente lo que convendría evitar. Porque bastante importante era ya lo que estaba ocurriendo sin necesidad de añadirle nada. Habían venido pastores vascos a Gran Canaria. Habían cruzado más de dos mil kilómetros para encontrarse con otros pastores. Habían preguntado, observado, compartido experiencias y reconocido como maestros a hombres que quizá jamás hayan utilizado esa palabra para definirse. Habían descubierto maneras diferentes de enfrentarse a problemas que ellos también conocen. Y quienes estuvieron con ellos pudieron hacer exactamente el recorrido contrario. Eso era el encuentro.
Después llegaron las interpretaciones, las filiaciones y las ganas de arrimar aquello hacia un lado u otro. Y uno termina preguntándose por qué nos cuesta tanto dejar algunas cosas donde están.
Un pastor puede ser de derechas. Otro puede ser de izquierdas. Otro quizá esté harto de todos. Pueden discutir después cuanto quieran sobre gobiernos, partidos, fronteras, banderas o cualquier otro asunto. Pero cuando uno enseña al otro cómo conduce sus animales por una ladera, cuando le explica por qué utiliza determinada costumbre, cómo reconoce una cabra entre cientos o qué hace cuando escasea el alimento, está transmitiendo un conocimiento que no pertenece a ningún partido. Eso fue lo que vinieron a buscar.
Ocho años antes alguien había entendido perfectamente esa idea. Joni López ayudó a poner en contacto a pastores de dos territorios alejados para que hablaran entre ellos. No para que pensaran igual. Ni siquiera para que estuvieran de acuerdo. Simplemente para que se conocieran.
Tal vez por eso su ausencia se hizo todavía más visible durante estos días. Al terminar la visita, aquellos pastores vascos me regalaron un palo de avellano. Mide aproximadamente un metro sesenta y llevaba una pequeña tarjeta atada con una cinta roja. No sé qué ideas políticas tiene quien cortó aquel palo ni se las pregunté. Tampoco él me preguntó las mías. Me lo entregaron y yo lo acepté. Ahora está en Gran Canaria.
Y cuanto más pienso en lo ocurrido durante estos días, más me gusta que sea solamente eso: un palo de avellano que pasó de las manos de un pastor vasco a las de un canario. Sin siglas. Sin banderas. Sin que nadie tenga que explicarnos hacia qué lado debemos inclinarlo.
Y yo calladito la boca….mientras la ultraderecha se nos come el pasto y la poca vergüenza que intento mantener a salvo.
para Artzain Skola
desde hierbolario.blogspot.com
Eduardo González

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