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La belleza de esta imagen se basta por si sola. La plasticidad que proporciona la figura del saltador en armonía con su garrote, en armonía con el paisaje, en armonía con el cielo azul, en armonía consigo mismo, es tan intensa que ésta pierde todo su sentido competitivo. No hacen falta  motivos para comprender que no necesita más alicientes para hacer lo que está haciendo. Somos capaces de ver las intenciones en sus ojos aunque estos estén a la sombra de su sombrero. Percibimos su concentración, su tranquilidad, incluso la felicidad que desprende su figura en una perfecta posición en la salida del salto que va a realizar. En definitiva: debemos plantearnos si hace falta convertir el salto del pastor, o cualquier otra práctica tradicional como el juego del palo o del garrote tradicional, en un deporte meramente competitivo. ¿Creen ustedes acaso que el compañero saltador de la imagen de hoy necesita algún aliciente comparativo, disputativo, contendiente o concursante para ser tre...

Juanito Ramirez, artesano de sus manos

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.   …cuando chico yo recuerdo de ir a casar con mi padre y me llevaba… y a lo mejor….el iba a casar al naciente áquel y aquí a lo mejor había otro…. y el me dejaba aquí para que le espantara las palomas… y en aquel naciente nacían janeas o juncos… y con esas janeas yo me entretenía haciendo algo. Yo, desde niño, desde la escuela, me nacía esto… de estar con mis manos entretenidas. Yo nunca tuve maestros. Mi abuelo si hacía cestas y aperos de labranza y eso…pero yo quería imitar a mi abuelo en las cosas de carpintería… pero con un formón me hice una cortá que me tuvieron que dar ocho puntos y ahí se acabó mi aprendizaje en la carpintería. No, con mi abuelo no me dio por hacer cestería…que su cestería era de pírgano y caña. De aprender con ellos, no. Igual que con los telares. Aquí teníamos telar, para tejer las traperas… era de mi madre, que tejía, incluso trabajaba con el lino, pero no, a los machos no nos dejaban meter allí porque decían que era cosas de mujeres. Para hacer ...

Pepe Enrique “El Colorao”

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        “Yo me llamo José Benjamin de Todos Los Santos Melián Hernández. Nací el día de Todos los Santos a las nueve del día.  Melián por mi padre, que se llamaba Francisco Melián Artiles… y Hernández por mi madre…María Hernández Bordón.      Nací a la punta arria allí, a la calle, teníamos un corral, antes, te acuerdas ahí al lado de la carretera, donde esta el mato ese que está... ya no está el mato ahí…lo arrancaron.... te acuerdas de ver un mato ahí por encima, donde está aquel…que lo arrancaron cuando hicieron ahí las casas.  Teníamos el corral de las cabras allí al lao. Se quitó el corral pa fabricar esas casas...Allí nací yo.    Mi padre era pastor de nacimiento. El padre de él se murió estando mi padre en el cuartel.¿ No me voy a acordar del nombre de mi abuelo? Si yo  sembraba trigo cuando estaba la tierra mojá pa que naciera. Una vez me dijo una mujer: …¡ ay, Pepe Enrique! tanto que yo ha sembrao trigo y no ...

Con los cueros en las manos

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  Desde los tiempos que la memoria de nuestros abuelos alcanza a recordar, los pastores canarios han utilizado las pieles que los animales de sus ganados le proporcionaban para confeccionar diferentes útiles que les resultaban imprescindibles en sus quehaceres diarios: hondas para lanzar las piedras, zaleas para las cunas y camas de los niños, zurrones para amasar el gofio, batijeros para el transporte de la leche, correas e hilos con los que coser, faldiqueras y delantales, elementos contenedores, cajeros, sacos, morrales, etc…  La piel animal, rudimentaria, consecuente y convenientemente preparada, era para ellos una materia prima que se prestaba para todos estos múltiples usos. Es la razón de la lógica aplicada a la necesidad. Pero habremos de remontarnos hasta tiempos muy remotos, hasta aquellos en los que el primitivo ser humano se dio cuenta que la piel animal recién despellejada poseía unas cualidades de flexibilidad, resistencia y abrigo nada despreciables, para enc...

Cuestión de Hebillas

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  En nuestros intentos por confeccionar collares para las cencerras nos hemos encontrado con un problema que la ferretería y herrajes actuales no ha sabido solucionarnos. A las primeras de cambio creímos que, una vez adquiriendo la hebilla necesaria en su justa medida, sólo necesitaríamos poner en práctica la habilidad de nuestras manos, sumando a ella los conocimientos transmitidos, para comenzar a engarzar las piezas de cuero en ésta y disponernos a realizar el cosido. Y a los pastores que les mostramos nuestras primeras pruebas les pareció adecuado aprobar con nota satisfactoria tanto la confección, el tamaño y la forma del collar. Pero unánime y sobresaliente fue el suspenso que se llevaron los herrajes empleados, sugiriéndosenos que no tendríamos más remedio que cambiarles las "agujas" o "puntas" de las que las hebillas hacían gala por considerarlas demasiado cortas. Las puntas deben, sin excusa alguna, apoyarse considerablemente y en mayor medida sobre el fro...