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La Mesilla de Samarín

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  La Mesilla de Samarín En las medianías de Amurga aún permanecen, respirando los pasos de quienes las habitaron, los restos de un pasado que se agarró a la tierra. Allí, entre lomas suaves y laderas que enciende el viento, se alza La Mesilla —o La Mesilla de Samarín— como testigo de una vida que, aparentemente sencilla, exigía un pulso constante con la tierra y los animales. En su interior queda todavía la huella doméstica: la cueva pulida por el roce del tiempo, la superficie lisa donde reposaban los quesos recién hechos y el canal estrecho que guiaba el suero con una precisión humilde. Afuera, una habitación levantada en piedra seca y un pequeño corral completaban el mundo de quienes vivían de su propio cuidado y del conocimiento heredado, sin más herramientas que la paciencia, la intuición y la fuerza del día a día. Pero lo esencial siempre estuvo más afuera. Las tierras de medianías —amplias y abiertas— extendiéndose como un rumor continuo. Lomas que se acunan entre s...

Llanto compungido

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  Llanto compungido Es de esos llantos que decimos compungidos: con pujidos que suben desde la raíz hasta el pecho queriendo aflorar al aire. Y queriendo encontrar un habla que solo halla silencio. Sin embargo, ahí sigue, doblado sobre sí mismo, como un cuerpo que resiste, trazando con sus ramas un mapa de memorias calladas. Bajo él, la tierra se abre en tonos cálidos, señalando el pulso de lo que aún late aunque nadie lo mire. Cada rama caída recuerda la violencia cotidiana, la avaricia y el descuido; cada raíz expuesta es un hilo que nos enlaza con quienes amaron esta tierra y ya no están. El aire, blanco y cargado de casi nada, acaricia las ramas como quien se disculpa por la pérdida. Y en ese gesto se esconde un grito: un clamor que denuncia la destrucción silenciosa y que interpela a quienes miran sin ver. El tarajal resiste sin callar. Habla con su cuerpo torcido, con su sombra alargada sobre la tierra desprotegida, mostrando que la vida no es un lujo, que la memoria d...

¿Adónde van?

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  ¿Adónde van? En La Revoliá hay algo de obstinación en el regreso. Y quizás por eso se pregunta adónde van las palabras que no se quedaron, las que se dijeron sin saber que algún día serían semilla. Adónde van los ecos de una tarde cualquiera, las miradas que se cruzaron con un garrote en las manos. Tal vez aún floten en el aire, buscando el mismo rincón donde los niños aprenden a mirar a los mayores sin miedo. O donde los mayores aprenden a volver a mirar como niños. Esta imagen tiene ya quince años. Fue tomada en una plaza abierta, junto al  murmullo de un pueblo. El sol cae sobre las sonrisas serias de los más pequeños que sostienen el hilo invisible que los ata al tiempo de los abuelos. Detrás, los mayores dejan que sus gestos hablen, que el cuerpo aprenda antes que la palabra. A veces me pregunto adónde van esas palabras que no se quedaron, las que se dijeron en silencio o se confundieron con el viento. ¿Adónde van las miradas que un día partieron, los movimien...

El Juego del Garrote Canario: lo que significa ser Bien de Interés Cultural Inmaterial

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  El Juego del Garrote Canario: lo que significa ser Bien de Interés Cultural Inmaterial La noticia de que el Juego del Garrote Tradicional Canario ha sido declarado Bien de Interés Cultural Inmaterial ha despertado una alegría colectiva. No es para menos: detrás de ese reconocimiento hay décadas de trabajo silencioso de maestros, jóvenes y comunidades que mantuvieron viva una práctica profundamente ligada a la identidad del Archipiélago. También el esfuerzo reciente de quienes impulsaron el expediente que hizo posible este logro por parte del Gobierno de Canarias. Permítase aquí un gesto de reconocimiento hacia la persona que firmaba tal petición; aunque, como portavoz, representaba a muchas otras, su implicación desde principio a fin fue decisiva. Pero junto a la celebración surgen también preguntas necesarias: ¿qué significa exactamente que algo sea declarado Bien de Interés Cultural Inmaterial? ¿Qué protege esa declaración? ¿Qué compromisos conlleva? La figura de Bi...

Ídolo de Tirajana

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  Ídolo de Tirajana El Ayuntamiento de Santa Lucía de Tirajana ha tenido a bien conceder a La Revoliá, en el apartado de Identidad, el Ídolo de Tirajana. Con él se distingue a personas y colectivos que fortalecen la vida cultural y social del municipio. Se trata de la más alta distinción colectiva que puede otorgar este Ayuntamiento: un reconocimiento destinado a quienes, desde la acción y la memoria compartida, contribuyen “al fomento y difusión de las tradiciones, costumbres, creencias e historia del pueblo canario”, tal y como se apunta en su Reglamento de Honores y Distinciones. Y convendría interpretar este reconocimiento como algo más allá de lo meramente simbólico. Esto ha de ser así puesto que la identidad no se define sólo por su presente. La definen, además, los hilos de la memoria, la práctica y la comunidad que tejieron quienes nos precedieron. La Revoliá ha sabido situarse justo ahí: en ese espacio donde las tradiciones dejan de ser recuerdo para convertirse en...

Defensa preventiva contra el ruido

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  Defensa preventiva contra el ruido La canasta, con su esqueleto metálico y el tablero de chapa desgastado, apareció un día en el parque, como si nadie recordara de dónde venía ni a quién perteneció. Antes había estado abandonada en un colegio público y sus días de gloria durante las clases de gimnasia se habían reducido a ecos de rebotes que resonaban en patios vacíos. Allí, en el parque, su uso se volvió más público, más caótico: un refugio de tardes interminables donde los jóvenes medían sus habilidades y su puntería, ajenos a los horarios, a las fechas y a las reglas del mundo adulto. El parque, con los muros de los parterres erosionados y los bancos que crujían bajo el peso de las parejas de enamorados, cambió su forma de respirar. Los árboles parecían inclinarse hacia la canasta, testigos silenciosos de las competiciones improvisadas, de las risas que estallaban mezclándose con el aire alegre de la tarde. Cada tiro era un desafío; cada punto, una victoria efímera celeb...

El mural de noviembre

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  El mural de noviembre A finales de los años sesenta, Vecindario —entendido no tanto como un lugar concreto, sino como un concepto en formación, una forma de estar y convivir— atravesaba un proceso de transformación profundo. La zona, hasta entonces predominantemente agrícola, comenzó a diversificarse. La construcción, el comercio y la hostelería impulsaron un crecimiento demográfico acelerado, modificando las dinámicas sociales y la propia fisonomía del lugar. Donde antes sólo soplaba el viento comenzaron a levantarse calles, casas y vidas. Ese crecimiento rápido se reflejó en la aparición de nuevos barrios y edificaciones, configurándose un paisaje arquitectónico y social diverso, complejo, seguramente falto de un manual de instrucciones y que aún, hoy día, define a la localidad. En ese contexto, Vecindario se convirtió en un espacio de encuentro entre distintos colectivos. Por un lado, los habitantes de siempre —con sus costumbres, sus manos curtidas por el sol y la sal d...