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El Juego del Garrote en Gran Canaria: un bien inmaterial vivo

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Un día de estos, el Boletín Oficial de Canarias anunciará lo que muchos llevamos tiempo aguardando en silencio: el Juego del Garrote Tradicional de Gran Canaria será declarado Bien de Interés Cultural Inmaterial. Y no se tratará entonces tan solo de una noticia administrativa. Será, más bien, un acto de reconocimiento a una práctica que se sostuvo a contracorriente, que se conservó en la memoria, en los gestos de los cuerpos y en la voz de quienes no quisieron dejarla morir. El juego del garrote es mucho más que un deporte. Es una rama que se desprendió de un árbol para convertirse en una herramienta que supo defender, con insistencia, la cultura pastoril. Nació en el ámbito rural, en un mundo donde trabajar y preservar la vida se mezclaban continuamente. Durante años, esta práctica se mantuvo en los márgenes de la historia, como si fuese un recuerdo incómodo de un mundo que no tenía derecho a existir. Sin embargo, en los patios y en los corrales hubo quienes siguieron sosteniend...

Cuando la palabra mata

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: La paradoja de discutir definiciones mientras la barbarie arrasa vidas Termina por resultar paradójico que, mientras miles de personas son aniquiladas bajo las bombas en Palestina, en lugares remotos de la geografía política nos enredemos —desde las Naciones Unidas hasta plenos municipales o redes sociales— en debates obsesivos sobre qué palabra es legítima. Y es paradójico porque lo elegimos: porque nos complace refugiarnos en la disputa verbal, porque nos define como comunidad que se esconde en el lenguaje para no mirar de frente al horror. Cada vez que la violencia se convierte en paisaje habitual, la discusión se desplaza hacia lo que puede o no puede decirse. Ya no hablamos de los cuerpos enterrados bajo los escombros, de las familias borradas en un segundo, de la infancia arrebatada en la sala de urgencias de un hospital sin techo; hablamos, en cambio, de la semántica. De si es prudente llamarlo genocidio, de si conviene nombrarlo guerra, de si la diplomacia prefiere el ...

Contra la crueldad…más allá de las etiquetas

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No hay nada más fácil que poner una etiqueta. Basta con que alguien pronuncie la palabra genocidio para que lo llamen pro-palestino y, en consecuencia, terrorista. Basta con que alguien denuncie la crueldad para que, enseguida, se le acuse de antisemita. Así, el debate se ahoga en bandos y lo que debería estar en el centro del asunto —la vida que se apaga bajo los escombros— queda sepultado bajo la sospecha. Yo no escribo desde una bandera. No me mueven consignas ni geopolíticas. Me mueve, sencillamente, la certeza de que ninguna causa justifica el hambre impuesto, la muerte de niñas y niños, la demolición de hogares. Llamar a eso crueldad no me convierte —no debería— en enemigo de nadie. La trampa de todo este asunto —y de tantos— consiste en reducir toda crítica que se haga al gobierno del Estado de Israel en un odio contra el pueblo judío. Esa confusión, tantas veces repetida, se alimenta del recuerdo real y doloroso del antisemitismo histórico. Pero no es lo mismo denunc...

La Revoliá: el empeño de la insistencia

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      Seguramente hay cosas que se salvan porque alguien se empeña en insistir. Y no porque lo exija alguna ley o sea el mercado quien lo recompense de alguna manera. Más bien el asunto tiene que ver con una intuición —casi siempre silenciosa y nada cotizable en bolsa— que, al perder determinados juegos, gestos o prácticas, también perderemos parte de nuestra alma colectiva. Por eso, tal vez, un artesano cepilla un listón de pino. Después, ya redondeado y hecho garrote, será encabado con un regatón para convertirse —como herramienta— en una extensión del cuerpo que medirá sus saltos con los pies bien clavados en la tierra. Cerca de él, unos rolos —o troncos de plataneras— reposan en el suelo como si fueran las vértebras de una bestia desaparecida. Al lado, una palangana grande rebosa agua y paciencia. Y unas manos sacan tiras mojadas sobre un rastrillo que las peina. En otra esquina, alguien repara el agujero de un zurrón con un botón de madera para que no pierda la lec...

El trompo y el mundo

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Apenas hay tiempo ya para que un trompo baile en cualquier plaza de cualquier pueblo o en una calle cualquiera. Apenas tiempo para que la chiquillería se junte a enredar un hilo en su barriga de madera y, lanzándolo al suelo, sonreír cuando da vueltas sobre sí mismo. Apenas tiempo ya para ver cómo algo tan sencillo es capaz de mostrarnos años de habilidad y de asombro. Apenas las manos de niñas y niños amarran sogas, dibujan caminos en la tierra o lanzan trompos que jueguen con las leyes del movimiento. Ahora se deslizan —gracias a nuestra complicidad de adultos— sobre las pantallas virtuales, lisas y brillantes, que les ofrecemos para que se entretengan. Y así conseguimos que sus dedos sean cada vez más veloces y sus manos cada vez menos sabias. Apenas les explicamos que los lanzamientos flojos y los nudos mal hechos forman parte de esa deliciosa libertad de equivocarse. Que se ha de aprender a tensar la cuerda, a envolver su vientre con cuidado, a calcular el giro con la intuic...

Arados en las paredes

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En muchas de aquellas casas tradicionales —las que las tejas protegían de la lluvia y las parras resguardaban del sol—, un arado colgaba en la pared del patio. Más que por adorno, el campesinado canario encontró en esos muros la solución que le permitía guardarlo cuando su tiempo de uso concluía cada año. De esta manera, la madera —presente en todas sus partes— se protegía de la humedad de la tierra. No se colocaba ahí por capricho. La lógica secreta del mundo rural descubría en esa pared un refugio estacional y, al colgarlo, la familia se despojaba de parte del peso que cargaba sobre sus espaldas. También de los surcos invisibles del esfuerzo, esos que no aparecen en las etiquetas de los sacos de papas. Colgar el arado era protegerlo de la lluvia, de la carcoma, de la vejez. Colgarlo era también descansar del trabajo, como quien cuelga las fatigas y los sudores al final de un día largo. O como quien apaga la llama de una vela: no para negar la luz, sino para encender el sueño del desc...

El hilo de la memoria

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Tal vez eso que llamamos historia no sea más que lo que otras personas decidieron dejar por escrito. Posiblemente no lo hicieran con mala fe, aunque tampoco siempre con toda la de la buena. Lo cierto es que lo escribieron con la letra caligrafiada y decidida a fijar, fuera de toda duda, lo que consideraron digno de oficialidad, posteridad o propaganda, según los casos. De esta manera, a los nombres, batallas, decretos y sucesos les acompañan —grapadas e inamovibles entre paréntesis— las fechas en que sucedieron. Pareciera, a veces, que las cosas ocurrieron un sábado —exactamente a las cuatro y veinte de la tarde— y de ahí, tras anotarlo, a otro asunto. La memoria, en cambio, —y esto lo sospecho más que saberlo— no pertenece a nadie en particular y a todas las personas a la vez. La memoria no exige haber estudiado historia o haber leído crónicas oficiales. Esta aparece cuando le da la gana, sin pedir permiso y sin tener que explicar nada. No figura en actas ni enciclopedias y, a menud...