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Sin banco

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  Sin banco Se apoya en la esquina porque el pueblo que ciudad se quiere no tiene bancos para ella. No los diseñó pensando en cuerpos como el suyo, doblados por los años y por trabajos que no figuran en ninguna estadística. Tampoco tiene tiempo ni palabras para quienes aprendieron a esperar cuando esperar todavía servía para algo. La pared hace de su último respaldo público. Nadie la echó de allí pero tampoco nadie la invitó a sentarse en otro sitio. La expulsión moderna funciona así, sin empujones ni gritos, a base de ausencia. Sus manos entrelazadas sostienen décadas de trabajo invisible. No tiemblan por fragilidad, sino por memoria acumulada. En ellas se conservan los días de cocina sin horario, los cuerpos cuidados sin sueldo, las camas hechas de sudores ajenos y las vidas de otros sostenidas mientras la suya se quedaba en el olvido. Nadie le pidió recibos y nadie le devolvió derechos. No hubo contrato alguno pero sí obligaciones. No hubo salario pero sí cansancio. Ahora ...

Cuando se apaguen las luces

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  Cuando se apaguen las luces Inclina la cabeza hacia delante porque así ha trabajado siempre: cerca del suelo, cerca de lo que pasa y pesa, de aquello que a otros les ha pesado demasiado como para dedicarle su precioso tiempo. Sus manos hacen gestos que ya no aparecen en los manuales ni en los prospectos de medicinas. Ni siquiera en las campañas navideñas que nos prometen felicidad sin mencionar de dónde viene, cuáles son sus componentes o el índice de calorías que quemarán nuestros bolsillos. Cada movimiento de sus dedos es una corrección mínima al relato oficial que insiste en que esto ya no sirve, que no es rentable, que no sale a cuenta ni sabe a cuento. El olvido no nos llega de golpe; llega como esta luz escasa y lateral que, entrando por la puerta, ilumina lo justo para que el oficio sobreviva sin ser visto. Nadie vino a apagarlo: bastó con dejar de mirarlo. Así se desmantelan, rápidamente, las cosas importantes, sin ruido, sin responsables, sin titulares. Porque todo...

Patrimonio con consentimiento

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  Patrimonio con consentimiento No se puede decir que fuera un pueblo de casas bajas vestidas de blanco porque dinero no había para cal ni tiempo para andar con una escoba en la mano albeando paredes. Nació en gris piedra y gris continuó en bloques de picón y cemento. Gris también las ropas de quienes lo habitaban y gris el negro cuando el tiempo lo desgastaba. Pocas las alegrías y poco duraban cuando aparecían. Y aún poco, muchos años después, siguen durando, como si de una herencia transmitida se tratara al poco tiempo que siempre se les permitió para ella. Porque al paciente trabajo de sus gentes nunca le faltaron quienes estuvieran dispuestos a robarles la que les brotaba por cosas tan simples como llegar a sus casas en busca de un jarro de agua fresca de la talla. A sus hijos se les siguió robando la risa sencilla de las cosas sencillas. Y si conseguían algo por su cuenta y riesgo, se les convencía de que el mérito no ha sido suyo; que había que ofrendárselo a otros que ...

Un Goya con barro

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  Un Goya con barro Como muchas tardes de esos fines de semana en los que me siento en la terraza a escribir mientras finjo escuchar la radio, la noticia del fallecimiento de Celso Bugallo la dio un comentarista deportivo. La emisora era la de siempre: la de tantos partidos narrados al mismo tiempo de los que apenas me entero, quizá por el poco interés que pongo en ellos o porque la verdadera atención está en otro sitio. Pero lo que acababa de oír —como un gol cantado en voz baja— me obligó a dejar el lápiz sobre la mesa y los pensamientos en el aire. Días después pude aclarar el porqué de aquel comentario colado en mitad de una retransmisión deportiva. Raúl Ruiz —quien fuera jugador de aquel Numancia que, en clara desventaja, plantó cara al mismísimo Barcelona en una final copera— había sido alumno de teatro en un grupo dirigido por Celso en su pueblo. Y, además de narrar aquel gol que nos dejó en silencio, contó que, como director, Celso les dijo que algo faltaba en aquella...

Mirar el suelo

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  Mirar el suelo Durante estas últimas semanas cae una lluvia que nos aprende a mirar el suelo. El asfalto, herido y resquebrajado, se cubre de charcos donde el mundo de arriba decide darse la vuelta. Entonces vemos las figuras invertidas: las nubes atrapadas en un cristal frágil o un árbol con las ramas desnudas enseñándonos que el cielo también sabe tocar la tierra. Todo parece provisional y sabemos que bastaría una pisada —o las ruedas de un coche que pasará dentro de poco— para romperlo en pedazos. En este sureste de vientos y sequedades la lluvia no cae: se recuerda. Cada gota nos trae una memoria de sed, de cercados que aprendieron a sobrevivir mirando a las nubes y de barrancos acostumbrados a esperar su momento. Aquí el agua no solo moja. También revela. Hace visible lo que siempre estuvo ahí pero que el olvido no nos dejaba ver. Entonces vuelve la infancia. No como una escena completa, sino como un gesto. Nos vemos inclinándonos sobre los charcos buscando en ellos...

Afinar el aire

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  Afinar el aire El sonido le llegó antes que la imagen. Un silbido cantarín subió desde la calle hasta la azotea como si alguien estuviera llamando desde abajo. Apenas tardó en reconocerlo, los segundos justos para bajar con un cuchillo en una mano y la pequeña cámara de fotos en la otra. El hombre que hace chiflar el aire trabaja de perfil al mundo, como si supiera que lo importante ocurre siempre en sus márgenes. No levanta la vista cuando recibe la hoja de metal. La toma con la naturalidad con que se aceptan las cosas necesarias. Entonces el pie empuja y la rueda responde. No hay enchufes ni botones: la energía sube desde el gemelo, atraviesa el eje y enciende la piedra. Pero ahí, en ese artilugio verde que parece rescatado de otro siglo, alguien sostiene el tiempo con el mismo gesto con que tensa una correa. Cada vuelta de pedal devuelve a las cosas su filo, como se devuelve el desgaste a los días que avanzan. Este oficio no hace ruido de progreso: produce un zumbido que...

Viento para la sal

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  Viento para la sal No sé si se trataba de viento para la sal o de sal para no olvidar el viento. Tal vez fueran la misma cosa y ya no lo sepamos. Porque hubo un tiempo en que ambos tuvieron que hermanarse para poder existir: el viento para mover el agua y la sal para conservar el tiempo; el uno para empujar la vida y la otra para impedir que ésta la deshiciera del todo. Cuando esa alianza se rompe desaparecen también las razones que los mantuvieron en pie. “El Molino de La Baja”, en Pozo Izquierdo, ya hace años que no está. No cayó por el viento ni se lo llevó el tiempo. Desapareció porque nadie consideró necesario que siguiera ahí. Los temporales de olas y mareas hicieron el resto con el que se estableció un silencioso y absoluto acuerdo: donde antes el viento encontraba un cuerpo que lo hacía visible ahora solo queda el aire que pasa. El niño que había nacido en una zona ventosa de esta Gran Canaria —que fabrica intemperies y carácter— aprendió desde muy pronto que el ...